martes, 7 de octubre de 2008

LA DESTRUCCIÓN PEDAGÓGICA DEL BACHILLERATO

La destrucción pedagógica del bachillerato
(para una crítica de la pedagogía dominante)


Para Juan Devis, que por no haber dejado nunca 
de ver dioses habrá de abandonar por un puesto de 
telefónico su plaza de profesor de biología de instituto.

1. El placer de enseñar. Hoy la poca asistencia de alumnos que va siendo normal en este instituto da lugar a que sólo tenga tres. Son tres chicas, que se han sentado en la primera fila. Dos de ellas son inteligentes. Hace mucho que no había tenido una proporción tan alta de alumnos inteligentes en clase. Y pronto empiezan a hacerse sentir los efectos. Doy una clase sobre la ética de Aristóteles, me centro sobre todo en su tratamiento de la felicidad. Dejo fluir la explicación, como si me limitara a prestar mi voz al filósofo. No hago nada más, las palabras me salen fáciles, quizá porque este fin de semana he estado ocupándome con la Ética Nicomáquea y creo ver claro lo que Aristóteles veía (pero también: es fácil concentrarse con la clase en silencio, es fácil hablar a quien está dispuesto a escuchar). Es, pues, como si la misma ética de Aristóteles fluyera hasta mis alumnos a través de mí; que llega hasta ellos lo veo en sus ojos, ojos que entienden y asienten (porque cuando el que entiende, con la mirada puesta en lo que está entendiendo, mueve la cabeza para asentir, es con los ojos con lo que asiente): sólo porque esos ojos tiran de ella puede fluir como por sí sola (en cambio, si los alumnos no tiran de ella con sus ojos al profesor la explicación se le corta; la enseñanza, cosa de por sí improbable y frágil, necesita de las mejores condiciones posibles). Es, pues, ¿qué trabajo?, un placer dar clase así, no tener que confiar más que en el objeto mismo de la clase y obtener ya el premio de unos ojos que entienden. (Como antes, ¿os acordáis?) Y es que uno puede confiarse en el objeto mismo con sólo que él tenga espacio en el que aparecer, en el que relucir (sí: hay cierto componente de brillo ahí: el de la cosa que aparece en toda su verdad, que se refleja luego en el de los ojos que la captan). Es el espacio transparente del silencio, el de la pizarra en blanco, el de las mentes que, ociosas, no sometidas aún a la esclavitud del trabajo, no se distraen pensando en calificaciones ni en títulos ni en deseos de papá (skholé, de donde "escuela", era, en efecto, ocio). Espacio que también es una cierta limpieza (porque el silencio, la pizarra en blanco, las mentes no impedidas con cosas que no vienen al caso, todo eso es limpieza). Es, pues, un placer dar clase en la limpieza y el espacio que dejan aparecer el objeto, porque así la enseñanza se produce por sí sola. Pero lo bueno es que con eso no estamos describiendo un tipo de enseñanza excelso, no estamos hablando del placer de enseñar en unas condiciones especialmente favorables, no: estamos hablando pura y simplemente del placer de enseñar. Pues "enseñar" no se dice así por casualidad, sino porque realmente consiste en mostrar, y ello implica ya ese "por sí solo": se trata sencillamente de "mostrar" el objeto como él es, de "dejarlo" aparecer; sólo hay que cuidar de que el objeto disponga de espacio y transparencia para aparecer, pues es él quien aparece. Por eso es de suyo tan fácil y placentero. Por eso a los matemáticos les gusta enseñar matemáticas, y a los hitoriadores enseñar historia, y a los dibujantes enseñar dibujo: como al enamorado hablar de su amor.
Sin embargo muchas veces hemos tenido que oir, los matemáticos, historiadores, dibujantes que damos clase en los institutos, que "no nos gusta la enseñanza". ¿Puede ser eso? Más bien lo que no nos gusta es el trabajo actual en los institutos. No sólo que no nos guste, es que, ciertamente, al vernos ante una pizarra (a veces para más inri en blanco), con tiza dispuesta, delante de hileras de alumnos sentados..., nos hacemos la ilusión de que esto va de enseñanza y que vamos a enseñar (o, más exactamente, como los internos de Auschwitz cuando soñaban con comida: ¡que sí, que ahora va en serio, que esta vez sí que vamos a poder!), pero, no bien empezamos una clase, descubrimos que no entienden la explicación, que no saben tomar apuntes, que nos dan la espalda para hablar con el compañero, que bostezan, que nadie nos hace caso, que sólo de ver sus caras se nos corta la explicación y ya ni nosotros entendemos el objeto que supuestamente había que enseñar, que nos tenemos que callar: no es, pues, que no nos guste enseñar, sino algo mucho peor: es que, para aquél a quien le guste enseñar, se trata de una tortura refinada, de un suplicio de Tántalo: unas condiciones que parecen evocar la enseñanza..., y en las que el más mínimo asomo de enseñanza es rigurosamente imposible.
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Enseñar, pues, es de suyo fácil y placentero. Pero los burócratas no podían permitir que esa enseñanza fácil y placentera fuera posible más que marginal y excepcionalmente. Quizá porque la burocracia esté esencialmente marcada por la sumisión a la ley del trabajo, ellos no podían dejar respirar un quehacer que demasiado claramente mostraba que era placer, o arte, pero no trabajo. Y así, dicen que eso no tiene mérito, enseñar a alumnos inteligentes, que entonces la enseñanza no sería trabajo. Que no tiene mérito enseñar a alumnos "ya motivados" (que es la especie bajo la cual aparece la mente limpia a la zafia pedagogía actual, incapaz en su burricie de entender que pueda uno moverse de otro modo que tras una zanahoria), sino que (merced a complicadas técnicas de abstruso nombre trabajosamente mascadas y aprendidas en cursillos impartidos a propósito por pedorros sacerdotes de la pedagogía) hay que tomarse el trabajo de motivarlos. Que no tiene mérito enseñar a alumnos con buena base, sino que hay que bajar al cenagal en el que chapotean los alumnos, arrojados por la sociedad a la basura, que no saben tomar apuntes, ni distinguir un sustantivo de un verbo, ni separar las palabras al escribir, que quizá no saben ni leer. Pues bien: ante tal cúmulo de testimonios habremos de reconocer que no, que quizá no tenga mérito, del mismo modo que quizá no tenga mérito practicar una operación quirúrgica en la asepsia del quirófano, cuando todo el mundo sabe que lo verdaderamente meritorio es realizarla en medio de un estercolero con instrumental oxidado. Ciertamente en esas condiciones los enfermos mueren, pero lo importante es que el médico se suda bien su sueldo y trabaja, y aprende también él lo que vale un peine. Ciertamente así se consigue que los profesores trabajen como condenados a galeras, o por lo menos aborrezcan su trabajo.
Es la obsesión actual: que la enseñanza sea a toda costa un trabajo. Y ciertamente, cuando se exige que todos los profesores de un mismo departamento sigan la misma programación, cuando se les hace explicar tanto lo que saben como lo que no saben, se empieza a conseguir que lo sea: que deje de ser un placer. El paso siguiente es la desconfianza hacia los profesores, como suponiéndoles una voluntad de escaqueo (generalización del firmero). Pero ¿es lícito dar por descontada la tendencia al escaqueo en una actividad esencialmente placentera?
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Es la enseñanza como remedio barato de carencias económicas y sanitarias. En cuanto se ha logrado, a base de droga y de paro y de chabolas, que un niño sea ya incapaz de aprender nada, se le envia al instituto a hacer la ESO. ¿Que con ello de paso se destruye el instituto?: ¿qué más da? Como dicen los maestros progres hablando de los profesores de bachillerato: ¡así aprenderán esos señoritos! Pero es que, aparte de dar su merecido a esos señoritos elitistas, se consigue algo de mucho mayor alcance: por un lado se asegura el mantenimiento de las diferencias de clase, pues la pretendida función de promoción social no la puede cumplir un instituto que en efecto está literalmente destruido (con lo que puede decirse que el sistema condena a esos alumnos a no saber jamás leer ni escribir por el sistema de mandarlos a hacer la ESO), pero por otro lado se obtiene una justificación ideológica "progre" y "democrática" al hacer pasar ese mantenimiento de diferencias de clase por promoción de las clases populares.
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ESO: Secundaria obligatoria: contradicción en los términos.
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2. Olvidar a Piaget.
Enseñar es dejar aparecer los dioses que hay en las cosas. Como a veces se argumenta que la enseñanza debe guiarse por la pedagogía y perfeccionar su técnica basándose en los avances de la ciencia, tal vez sea de alguna utilidad, dado que enseñar es en gran medida hablar, examinar el caso del habla: ¿qué relación tiene ahí la práctica con la ciencia, el habla con la gramática? Supongamos que llamo a la puerta de un despacho y oigo que me dicen "la puerta está abierta". Pues bien: si tomo esas palabras de modo natural, no percibiré en ellas una sarta de fonemas que merced a una complicada serie de reglas logran vehicular unos cuantos lexemas y morfemas, articularse en sintagmas y transmitir un significado; lo que percibiré en esas palabras es sencilla e inmediatamente lo que me están diciendo: que la puerta está abierta, o, más exactamente, que pase; si, al contrario, me ocupara en atender a los fonemas, a los morfemas o a las reglas que la frase pone en juego, de lo que ciertamente sería incapaz es de reparar en que me están diciendo que pase, que no me quede ahí pasmado en el pasillo. Percibir esas palabras como objetos de conocimiento científico me conduciría a ser incapaz de tomarlas como vienen, a quedarme bloqueado, poco menos que catatónico. El fenómeno es análogo a lo que sucede si alguien que mira hacia la calle desde detrás de un cristal focaliza su mirada sobre él: con ello habrá logrado neutralizar artificialmente su transparencia, opacificarlo, pues lo que de ese modo ciertamente no conseguirá es enterarse de lo que pasa en la calle. Es ciertamente una tautología que adoptar hacia algo una actitud científica es tratar ese algo como un objeto, como una cosa, y por lo tanto como algo "opaco". Lo que ya no es tautología es que hay "cosas" que por su propia naturaleza son transparentes, son no-cosas. Las palabras son una de ellas; por ello la actitud científica no puede por menos de radicalmente falsearlas; sólo la actitud natural, la del hombre corriente, las toma como lo que son. Pues es una constatación elemental que hablar todos sabemos. Así, toda persona normal puesta en la situación a que nos referíamos al principio, aunque se trate de un lingüista, tomará ante la frase "la puerta está abierta", la actitud del hombre corriente (la percibirá como transparente) y entrará en el despacho. Y es que hablamos bien cuando no pensamos en las palabras, sino en las cosas; cuando con las palabras pensamos en las cosas. Ciertamente ello no supone que la lingüística no sea una disciplina enormemente valiosa ni que sea inútil. Lo que sí supone es que la lingüística no es útil para decir a los hablantes cómo tienen que hablar. Y, por cierto, si puede ser útil para diseñar métodos de idiomas y máquinas de traducir es precisamente por tomar como objeto y como pauta el habla del hablante, exactamente igual que la entomología se rige por el insecto y no el insecto por la entomología.
Pues bien: el caso de la enseñanza es en gran parte reductible al del habla. Sea, pongamos por caso, una clase sobre los helechos. Los alumnos no saben nada de helechos; el profesor sí -que para eso es biólogo-: su función consiste en lograr que los alumnos sepan, por elementalmente que sea, qué son y cómo son y viven y se reproducen los helechos. En esquema: el profesor, como decían los griegos, "ha visto" ya los helechos; los alumnos no; la tarea del profesor consiste en mostrárselos de modo que al final del proceso pueda decirse que también los alumnos de algún modo los han visto, los conocen. Y de ahí que al proceso se le llame, desde el lado del profesor, enseñanza. Enseñar algo es mostrarlo, dejarlo aparecer. La tarea de nuestro profesor es, pues, la de dejar aparecer ante los alumnos los fenómenos más relevantes de la vida de los helechos -dejar aparecer: algo que por su propia naturaleza es "transparencia"-. ¿En qué otro lugar estará, pues, fijada su mirada y su atención que en esos helechos cuyas complicaciones -fases haploide y diploide, anteridios, arquegonios..., pero "en todas partes hay dioses", como decía Aristóteles en una ocasión similar, queriendo decir que nada, ni los helechos, es trivial ni tonto, que en todas partes hay algo sorprendente e inquietante, algo que se ofrece y a la vez se sustrae- hoy le ha tocado mostrar a sus alumnos de Bachillerato? Sólo si él mismo tiene su mirada puesta en esas extrañas plantas sin flores logrará inducir en sus alumnos una mirada semejante, sólo por estar él prendido, un poco como enamorado de ellas, logrará también prender de ellas a sus alumnos. Y sólo podrá haber de verdad aprendizaje (y no currículum), esto es, interés por el objeto, ilusión genuina por la cosa, cuando de verdad esté nuestro biólogo, él el primero, y a pesar de que teóricamente esas plantas le son familiares, siempre un punto sorprendido y maravillado por esos dioses que también en ellas hay. Si en ese trance, en cambio, preocupado por "perfeccionar su técnica basándose en los avances de la ciencia", se pusiera nuestro biólogo a pensar en si se encuentra en el segundo o en el tercer nivel de concreción, es discutible que pudiera, no ya ver ningún dios, sino simplemente mantener en orden la estructura de su tema. Pues con ello no haría otra cosa, de nuevo, que opacificar algo que por su propia naturaleza era transparente. Complicar lo que era sencillo.
No significa ello que nuestro biólogo esté, cuando da su clase como bien su sentido común le dicta, dando una clase "de cualquier manera". Todo lo contrario: del mismo modo que el hablante que habla sin preocuparse de gramáticas no por ello viola ninguna regla gramatical, sino que, al revés, la lingüística va a buscar las leyes gramaticales en el hablante, y por cierto en el hablante que no sabe gramática, así debería la pedagogía, si fuera honesta, estudiar el comportamiento docente de nuestro biólogo, no para darle consejos ni venirle con monsergas, sino para aprender de él las leyes de la enseñanza.
Olvidar a Piaget. A veces se argumenta, dando la razón a la pedagogía dominante, que la enseñanza, como toda técnica, debe guiarse por la correspondiente ciencia. ¿Qué diríamos -se argumenta- de un médico que despreciara los hallazgos del bioquímico porque "ese señor en su vida ha visto un paciente"? ¿Y de un albañil que ignorara los cálculos del arquitecto porque "ese señor nunca ha puesto un ladrillo"? Respuesta: diríamos, efectivamente, que son un mal médico y un mal albañil. Lo que pasa es que el caso de la enseñanza tal vez no sea homologable, pues, a diferencia de la medicina y de la construcción de edificios, a lo mejor resulta que no se trata ya de una disciplina técnica, sino simple y directamente de lo que podríamos llamar una actividad humana, como el amor y el habla. Y esas cosas no admiten especialización técnica. Por eso ante un presunto amante profesional no hablamos ya de amor, sino de prostitución, que como mucho sería una perversión del amor. Y si al que pretende convertirse en un profesional del habla no le negamos de entrada el título de hablante, no por eso es menos claro también en ese caso el carácter de perversión. Pues ¿qué sería un hablante profesional? Alguien que fuera capaz de "hablar bien" únicamente merced a su dominio de las "técnicas del lenguaje", esto es, sin necesidad de entender de aquello de lo que está hablando. Resulta así esa otra perversión, esa suerte de prostitución del lenguaje, que entre los griegos se llamó sofística. Los dos casos tienen, en efecto, la misma estructura: si el sofista puede prescindir del objeto de su decir es porque ha hecho del propio decir un objeto, algo que, como un arma, tiene efectos sobre el público, pero que, en su opacidad de objeto, no transparenta ya las cosas ni remite a fuera de sí ; si el amante profesional puede desentenderse del objeto de su amor es precisamente por haber hecho del propio amor mercancía y objeto, algo que por no remitir ya a nada es tan opaco e intransitivo como la palabra del sofista. Uno y otro destruyen lo esencial del amor y del lenguaje por hacer técnica de lo que es simple actividad humana, por tratar como cosa (susceptible por lo tanto de conocimiento sustantivo y especializado) algo que es esencialmente no-cosa, pura transparencia, puro "remitir a...".
Y aquello que vale para el lenguaje y para el amor, ¿cómo no iría a valer para una actividad que consiste esencialmente en hablar y que, cuando funciona bien, está siempre teñida de amor? En el diálogo platónico Crátilo se caracteriza la palabra como un instrumento enseñativo (didaskalikón) de la cosa: la palabra nos enseña, nos muestra a su través la cosa. Merced a esa transparencia se rehúsa como objeto de aprendizaje técnico: la palabra no es ningún objeto que quepa aprender porque en ella lo único aprendible es la cosa. Y menos aún la palabra docente, porque es en ella donde genuinamente de lo que se trata es de enseñar, esto es, de mostrar la cosa. Por eso la mejor enseñanza es la que de puro transparente pasa desapercibida, y al alumno le parece que no hay allí una lección sobre las plantas dicotiledóneas, sino que ellas mismas están presentes en persona.
Hay herpetólogos que estudian la digestión de los caimanes. Aprenden de ellos, de los caimanes, sin pretender enseñarles nada. Pues bien: investiguen los psicólogos los mecanismos de la enseñanza, si los hay, atentos a cómo enseñan los que saben la materia, pero si pretenden obligarnos a aplicar en la enseñanza los resultados de sus investigaciones, mandémoslos a paseo. Como mandamos al académico que nos quiere legislar el habla. Como lo hace el caimán con quien pretende enseñarle a digerir.
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3. Pedagogía moderna. Ahora (o al menos hace no muchos años) los niños tardan en aprender a multiplicar porque les enseñan, no que 2×7 = 14, sino que 2×7 = 2+2+2+2+2+2+2 = 14. Hace un poco más, pero también como efecto de alguna consigna de la pedagogía moderna (que las cambia, al parecer, con harta frecuencia), tardaban en aprender a sumar porque les calentaban primero la cabeza con el concepto de conjunto. Es una confusión propia de una disciplina adolescente, que aún no conoce sus limitaciones: la creencia de que el orden que rige entre los conceptos en sí mismos ha de regir también en su aprendizaje. O lo que en el fondo es lo mismo: que para que un concepto se capte hay que enseñarlo explícita y temáticamente (como si los niños no hubieran estado desde siempre aprendiendo el concepto de conjunto al aprender a contar). El exceso de teoría al principio imposibilita el único aprendizaje que sería entonces posible, el del simple manejo. Y cuando llega la edad del aprendizaje analítico y abstracto ya no hay manera, porque para eso haría falta que hubiera precedido aquel conocimiento por simple manejo que nunca existió.
Es éste un caso modélico de cómo un poco de conocimiento es incalculablemente más dañino que la simple ignorancia: como antes los maestros no habían estudiado psicología, no teniendo de la mente del niño modelos teóricos habían de fiarse de lo único que en estas cosas no falla nunca, la experiencia; como ahora han estudiado pedagogía y psicología, me lo marean, por ejemplo, hablándole de conjuntos. Lo que un pedagogo de éstos jamás comprenderá es que las cosas verdaderamente básicas e importantes son a fuerza de sencillas muy difíciles de explicar, por lo que han de aprenderse sin explicación.
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Por eso, porque lo verdaderamente importante es a fuer de sencillo muy difícil de explicar, es por lo que la ética no se puede enseñar en el Bachillerato.
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4. Enseñanza ideológica. Leo en el País una carta al director de unos alumnos de 4º de ESO de la asignatura de "medios de comunicación" que protestan de la poca presencia de mujeres en las páginas del periódico. Al parecer, pues, la ñoñería que se han atizao, que no desdeciría de unos políticos políticamente correctos, la han aprendido en las clases de "medios de comunicación". Pero, bueno: ¿cómo puede hacerse asignatura de algo de lo que, por caer inevitablemente dentro de lo social y lo humano, no hay saber positivo, no hay ciencia (pues la única "ciencia" posible es del estilo de la que en estas páginas estamos ejerciendo)? Es urgente desideologizar la enseñanza, y lo más urgente de todo tal vez eliminar de ella las presuntas "ciencias sociales" y todo lo que de ellas cuelga.
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5. Sobre la importancia de lo adventicio en los libros de texto modernos. El libro se titula, por ejemplo, Matemáticas. ESO 1. 1er Ciclo y al abrirlo por la primera página un índice nos informa de que no se divide en partes sino en "bloques", ni tiene lecciones sino "unidades didácticas" (como en la mili: "el abuelo no entra, el abuelo se introduce"). Sin atender a esas provocaciones pasamos hoja en busca de la primera lección, pero ¿la encontramos? Nanay, lo que encontramos es una doble página desperdiciada en el título del primer "bloque". Sobre un fondo de diseño a base de motivos deportivos en silueta (un tenista por aquí, una gimnasta rítmica por allá), coloreado todo él, como si estuviéramos en la camiseta de una selección nacional de fútbol, hallamos en letras muy grandes el epígrafe "Números y estadística". ¿Cómo un epígrafe puede necesitar una doble página? Es que han puesto más cosas: han puesto también cuatro recuadros, tres de ellos con foto a todo color incorporada, sobre tres temas de historia: "el ábaco", "las máquinas de cálculo" y "los ordenadores" y el cuarto, sin foto pero inclinado, sobre el "sistema de numeración en base 2". ¿Qué falta hacía eso ahí? ¿Se trataba de motivar? ¿O sólo de hinchar a bombo y platillo el comienzo del "bloque"? En la página de la derecha aparecen pintadas las puntas de dos lápices de colores, como metiéndose en ella desde fuera. En resumen: llevamos ya tres páginas, un cuadro sinóptico, cuatro recuadros, tres fotos y dos lápices adventicios y aún no hemos entrado en materia. ¿Lo lograremos en la página siguiente? La cosa promete, porque lleva el epígrafe de la primera lección: "1 Números naturales y operaciones". ¡A ver, a ver, por fin vamos a aprender algo! Pero no hay caso, que decía Mafalda: ahora nos salen tres recuadros con los epígrafes-monserga "Recuerda lo que sabes", "En esta unidad estudiarás" y "Al final, serás capaz de", más otros que más bien son salchichas sobre fondos de tres colores y en el ángulo superior izquierdo un horrendo monigote que debe de ser el tatuaje, mascota o logotipo. ¿Cuándo llegarán las matemáticas? -Pero, ¡bueno!, ¿de qué nos extrañamos? ¿No nos habíamos dado cuenta de que estábamos viendo la tele? De ahí el fondo de diseño: es el horror al vacío que campea por todo lo audiovisual (el horror y el vacío); hay fondo de diseño por lo mismo que hay vídeos en los autocares y hilo musical en los andenes de metro por más que no se necesiten para nada ni en un sitio ni en el otro. Y así como en la tele, si uno quiere ver una película, le hacen chupar primero veinte minutos de publicidad, así también aquí para llegar a la lección hay que tragarse primero los anuncios. Haiga pacencia, que todo llegará. Pero a la manera audiovisual. Bien pringado y revuelto entre la basura.
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6. Especialistas en tí. Antes un libro de texto de biología ("Lección 2: La célula") era antes que nada un libro de biología. Y la biología se puede aprender. Además, tratando al lector de usted, le despertaba por la materia un respeto que sólo podía ser benéfico. El resultado era que el alumno aprendía biología. Los libros de hoy, no es ya que clavan al lector en su papel de niño que sólo sabe hacer niñadas ("¡Qué diver!", "¡Cómo mola!"), sino que, hechos unos vulgares "especialistas en tí" ("Unidad didáctica número 2: En esta unidad aprenderás..."), no son ya libros de biología, sino libros de aprendizaje de la biología. Pero sucede que -"no aséis lo que está cocido", que decía Machado, o también:
De un Arte de Bien Comer,
primera lección:
no has de coger la cuchara
con el tenedor.-,
el aprendizaje no se puede aprender. Hace años lo dejó dicho Rafael Sánchez Ferlosio y nadie le ha hecho caso: Narciso que se ocupa de su propio aprendizaje, al alumno no le queda atención para el eventual objeto de ese aprendizaje, única cosa que lo haría posible.
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7. Pedagogía progre. ¿Aprender a aprender? Pero, ¿cómo voy a aprender nada si aún no sé aprender? Es exactamente aquella imposibilidad del movimiento que demostraba Zenón de Elea: no puedo ir de A a B porque antes tendría que pasar por C, pero para llegar a C antes tendría que pasar por D, pero para llegar a D..., etcétera. Aquel regresivo irse quedando clavado en el punto de partida es para nuestros pedagogos lo más moderno y progre que hay.
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8. "Humanidades". Que se limita el refuerzo de "las humanidades" en la enseñanza media, leo en la prensa. Pues bien: con un nombre tan cursi ya me da lo mismo, por mí que las refuercen o las debiliten, que se las metan donde les quepa. Y no son meras cuestiones de palabras, porque, como diría el otro, las cuestiones de palabras nunca son meras. Por ejemplo, de cómo llamemos a las cosas depende lo que pretendamos hacer con ellas. Humanidades: ¿por qué, por de pronto, el plural? ¿por qué ese pudibundo abstracto en "dad"? Como quien dice: "manualidades": algo inofensivo y pequeñito, de vocación decorativa. La ilustración sensible de algo así es una muchachita de hacia 1900, vestida de blanco y cubierta de lacitos, tocando el piano: la princesa está triste. Pues no señor: ahora ya no son sólo solteronas de oscuras golondrinas, maestrillos pedantes y fofos académicos putrefactos, ahora los que piden más "humanidades" son representantes sindicales.
Toda esta discusión en torno a las humanidades en la enseñanza media está, pues, radicalmente trucada: se discute algo muy accidental, si se dan dos horas más o tres horas menos de latín o griego o de literatura o filosofía, y con esa discusión se desvía de paso la atención de lo importante: por de pronto qué deben ser el latín, el griego, la literatura y la filosofía. ¿Deben ser "humanidades"? ¿El piano de la niña bien mientras espera pretendiente? Porque si es así la posible gracia del asunto se ha desvanecido. En el fondo lo más grave que hace esa palabra está ya en la simple designación. Están ahí el latín y el griego y la historia y la literatura y la filosofía, es decir, un montón de cosas que nadie sabe muy bien para qué sirven y cuya gracia muy posiblemente esté en eso, porque algo que nadie sabe para qué sirve no puede sino inquietar, y ahí llega la etiqueta: "humanidades". Ya está: ya podemos dormir tranquilos: ¿griego?, ¿filosofía?, ¿historia? Simplemente era ¡La Humanidad! ¡La Cultura! ¡La Fascinante Aventura Humana! ¡Selecciones del Reader's Digest!, ¡Port Aventura!, ¡Walt Disney!
¿Qué deben ser, pues, el griego y la filosofía? La única respuesta honesta es dejarlos ser lo que quieran, lo que ellos de entrada ya son, sin pretender justificarlos con nada: griego a palo seco y filosofía pura y dura. Sólo así, presentándose como lo que son, pueden tener la suficiente fuerza para que alguien pueda aún jugar con ellos, perderse en ellos. Porque afortunadamente aún no se ha demostrado que sirvan para nada.
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9. Motivación. Uno estudia griego no sabe muy bien por qué. Porque algo le gustará, se supone. Uno se extravía por la selva de sus verbos, se interna por sus autores, ve cómo Apolo desbarata el foso de los aqueos. Y luego vuelve uno a la vida normal. Y es posible que, a la vuelta, a algunas palabras corrientes, como efecto colateral de tantos trabajos de amor perdidos, les descubra ahora, de pronto, resonancias que antes no tenían: eso de "yermo", ¿no es éremos?, y "austero", ¿no es austerós? Y en esos descubrimientos hay alegre ligereza.
Pero hoy el compañero de griego del instituto donde trabajo como profesor de filosofía me ha preguntado qué quiere decir "tautología". Al improvisar yo una respuesta me dice él: "Bueno, con otras palabras, algo así les he dicho yo a los alumnos". O sea, que ha tenido que hablar de lo que no sabe como si supiera. O sea, que les ha engañado. ¿De dónde procede ese engaño?
Los libros de texto actuales parecen escritos por masoquistas incapaces de explicar nada por sí mismo, ya sea porque odien su materia o porque se avergüencen de ella: son libros cargados de materiales advenedizos, cuya única función es "dorar la píldora", sea por la vía de mostrar para los materiales genuinos alguna utilidad o por la de presentar jueguecitos que los hagan "más diver". En este común destino a los de griego les ha tocado la etimología: se parte de la base de que a los alumnos no les interesan las palabras griegas y se les dice que "geología" significa "explicación de la tierra" porque gê significa "tierra" y lógos significa "explicación". Ante lo cual cualquiera que les tenga algo de cariño a las palabras se dice: ¡pero qué culpa tendrán gê y lógos de todo esto! ¡La profunda e impenetrable gê, que a veces se confunde con la noche, la tierra pouluboteíre, condenada a ser ésa misma de la que hablan los tratados de geología! Y del lógos para qué hablar. La etimología opera, pues, un aplanamiento: de una disciplina difícil, que podía saberse o no saberse, pero que si se tenía la suerte de entrar en ella era un bosque sagrado en el que perderse, hace un parque temático en el que ya no tiene sentido saber ni no saber, porque sólo hay una colección de pegatinas consabidas ("tierra es geo y ciencia es logía"). Y dado que la diversión programada en esa disneylandia es sólo la otra cara del aburrimiento, ahora sí que la misión motivadora está cumplida: ahora sí que el aburrimiento está garantizado. So pretexto de despertar el interés del alumno, se le ha escamoteado la posibilidad de perderse en el bosque .
El profesor de griego que se traga la pretendida utilidad didáctica de la etimología defiende una causa perdida, pues ha de hacer como si la historia de las palabras coincidiera con su significado, cuando eso merced a los mil avatares empíricos, si sucede, sólo sucede por casualidad. Y así aquel compañero mío tenía que explicar lo que era una tautología sin estar seguro de saberlo él. Pero bueno, ¿es que un profesor de griego tiene que saber qué significan todos los términos modernos de derivación griega? La respuesta estaba clara hasta que llegó la pedagogía actual, que todo lo enturbia: como decía aquella concursante televisiva sobre el tema "Velázquez" a la que preguntaron por un billete de lotería dedicado a ese pintor: "¿Acaso tengo yo que saber cuántas cafeterías hay en la calle de Velázquez?".
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10. La verdad de la pedagogía lúdica. Cuanto más se les llena la boca con lo "lúdico" más laboralistas son. Pues sólo motivan a sus alumnos porque toda empresa capitalista tiene que incentivar a sus trabajadores.
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11. Un soplo de muerte en el aula. Comienzo de curso en cualquier instituto de enseñanza secundaria. El director de la casa o el tutor de la clase habla a los alumnos: "Porque también vosotros venís aquí a hacer un trabajo...", y les habla del futuro y de puestos de trabajo, no de Mendel ni de Gay-Lussac ni del aoristo ni la metáfora, que son tontadas de niños, y los alumnos se sienten importantes como hombres de negocios y notan una vaga tristeza, como si les rompieran un juguete...
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12. Bizquera. A la etiqueta de "humanidades" que el poder aplica a ciertas materias corresponde, cuando se trata de matemáticas, la de "disciplinas instrumentales". Ciertamente, la matemática es el instrumento por excelencia de las ciencias naturales, sobre las que toda la técnica se levanta. Pero ya no está tan claro que sea ése el punto de vista que debe primar en la enseñanza. ¿Por qué mirar a las matemáticas bizcamente, con un ojo puesto en ellas y otro en lo que ellas son... para el físico y el ingeniero? ¿O no es claro que para enseñarlas, o sea mostrarlas, hay que mirarlas como las mira quien de verdad las conoce y las ama, que es el matemático? Y para él no son el instrumento, sino el fin, el juego, la cosa misma.
Se ve, pues, el truco: considerar toda materia al servicio de otra cosa, subordinada a otra cosa (la Formación de Ciudadanos Concienciados, la aplicabilidad científica, la utilidad técnica). Siempre mercenaria, nunca estudiable por sí misma, ¿es extraño que los alumnos no le vean la más mínima gracia?
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13. Crédito de síntesis. Un rasgo del discurso pedagógico actual es la búsqueda y promoción de la cohesión: que el alumno no se limite a acumular piezas sueltas, sino que capte lo que haya de aprender como un todo. De ahí el interés en armonizar unas asignaturas con otras, de ahí la aparición del "crédito de síntesis". A primera vista nada podría ser más positivo. Y sin embargo... No siendo cada profesor entendido más que en su propio campo, ¿sobre qué base habrá de hacerse la cohesión de unos campos con otros? Parece que no sobre el saber, sino sobre ideas acríticamente recibidas, prejuicios, ideología (ver punto 4). Si nunca es de descartar del todo que un día a un profesor, por estraño favor del cielo, se le ocurra algún pensamiento vivo, ya mucho más difícil de creer es que todo un equipo de profesores vaya a verse iluminado, así en plan Pentecostés con llamitas encima de las cabezas, por el advenimiento de la Divina Gracia. Cuantas más actuaciones docentes hayamos de consensuar y más nos hayamos de poner de acuerdo unos con otros, más asegurado estará algo que parece inseparable del compromiso: la mediocridad, el aburrimiento. ¿No será que a eso va tanta monserga con la cohesión y la interdisciplinariedad, que de eso se trata, de garantizar el aburrimiento?
A una profesora de música que para un crédito de síntesis presentaba un trabajo sobre la visión de la naturaleza en la música romántica le sugería un compañero, consensuador de síntesis: "¿Y no puedes encontrar también en la música la lucha entre burguesía y proletariado?". "También": todo ha de ser igual: vista una cosa, vistas todas. Un mismo rollo consabido. Engullimiento de toda posible sorpresa por el consenso de profesionales a veces hasta políticamente correctos. Que ninguna disciplina perturbe el orden, que nada inquiete, que todo sea un mismo chiclé ñoño y mascadito y modorro.
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14. Lo que no cabe programar. Dentro de los programas de enseñanza secundaria hay ahora, según se ve, un tipo de asignatura que se llama "trabajo de investigación". Pero sucede que investigar, como desear, como amar, como jugar, como pasárselo bien, es algo que por definición no puede figurar en un programa, que no se puede programar. De modo que al programarlo lo que hemos conseguido ha sido matarlo antes de que nazca. El provecho es claro, pues la investigación verdadera, movida por el deseo y el placer, es siempre descubridora, y por eso mismo también peligrosa. Se trata, pues, de matarla antes de que nazca. Pero lo triste es que no ha sido ése el razonamiento, sino al revés: el pedagogo o el político que ha programado el "trabajo de investigación" quería de verdad favorecer la investigación y, como dicen, la creatividad. Su idea era bienintencionada. Idiota, pero bienintencionada.
Por cierto, algo muy parecido se puede decir de la asignatura de filosofía. Recuérdese lo que decíamos antes acerca del "ver dioses". Pues bien: si eso vale para todas las asignaturas es porque todas tienen, si se enseñan bien, algún rasgo filosófico: la filosofía, pues, no es que lo tenga: es que fuera de eso no es nada. De ahí que sea una materia sumamente frágil e improbable y, como tal, le sea extremadamente difícil resistir sin desnaturalizarse ningún plan de estudio, sobre todo si, como sucede con los actuales, en él se quiere decidir lo que se va a hacer en el aula sin dejar apenas al profesor posibilidades de maniobra: la filosofía decidida burocráticamente. Por eso en el sistema educativo que de los actuales más ha tenido que ver, por historia, con la filosofía, que es el alemán, no hay en el bachillerato filosofía como asignatura obligatoria, sino que, cuando la hay, es sólo porque (aprovechando que allí no cabe la posibilidad de licenciarse "sólo" en filosofía) un profesor de otra asignatura (de lengua alemana, o de historia, o de griego, o de matemáticas) que sea también licenciado en filosofía decide un año ofrecer a sus alumnos la asignatura de filosofía. Y entonces puede darla según su criterio, y nadie le va a apagar los dioses que vea porque "no estaban en el programa". Los licenciados que tan ardientemente defienden aquí una filosofía obligatoria lo que de verdad defienden son sus puestos de trabajo, lo cual por otra parte es comprensible.
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15. ¿Quién manda en los institutos? Los institutos de enseñanza media están hechos para enseñar; quienes saben enseñar son los profesores (ver punto 2); luego en los institutos son los profesores quienes deben mandar. Muy bien, pero eso es sólo una impotente declaración de deseos. No es que individuos que ejercen de profesores no lleguen a poseer una enorme capacidad de mangoneo. Una profesora puede hacer del feminismo -variedad agresiva- objeto obsesivo de su actividad docente hasta provocar entre sus alumnos tal malestar que acaben negándose a entrar en sus clases: no por ello se actuará contra ella, pues, merced a su bandera de feminista, contará con el acoquinado apoyo de la Junta Directiva, que le dará carta blanca para cometer todos los desmanes que el servicio a su solidaria causa le dicte -y cualquier padre tragará que, si los alumnos no aceptan a la feminista en cuestión es sencillamente que son "machistas"-. Pero, ¿significa eso que en los institutos manden los profesores? Pensemos en lo que sucede cuando análogo revuelo entre los alumnos viene provocado por un acto estrictamente docente (un examen "demasiado difícil", por ejemplo): sin falta la Junta Directiva, siempre comprensiva con los alumnos que protestan, es decir, con sus padres, llamará al profesor al orden. El que actúa simplemente como profesor, sin revestirse con el aura del servicio a más excelsas causas (feminismo, antirracismo, nacionalismo, ilustración sexual, fiesta por la fiesta o lo que sea) carece del requisito indispensable para obtener apoyo institucional. Parece, pues, que en los institutos ya no mandan los profesores. Mandan los ideólogos (ver punto 4). ¿Hemos de extrañarnos de que en ellos ya nadie aprenda nada?
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16. La enseñanza en la época psicologista. Pero, ¿cómo iban a aprender si, tratándose del aprender humano (no del de un ratón al que un psicólogo "motiva" para que "aprenda" a pulsar una palanca: ver punto 18), es elemental que un objeto no aprende? Nunca como hoy, que tanto se habla de "escuela activa", han sido los alumnos menos sujeto y más objeto: objeto de la observación de sus profesores, objeto de la charla de los psicólogos, objeto del mangoneo de sus padres cabe profesores y "tutores". Pues, ¿qué es eso de sujeto y objeto? Un objeto es antes que nada algo de lo que se habla, algo definido, un ente dotado de propiedades, determinado por ellas, condenado a ellas. Un sujeto, en cambio, es antes que nada un agente, y un agente no puede, en cuanto tal, permitirse tener propiedades: las eventuales propiedades que quisiéramos adjudicarle serían inmediatamente desdichas por sus actos -o el pretendido agente no era tal-. Pues bien: nuestras aulas están hoy pobladas de "tímidos", "hiperactivos", "anoréxicos", "hipocondriacos", "distraídos", "orgullosos", "depresivos", "inestables": individuos clavados cada uno a su correspondiente definición y caracterización: objetos. Diríase que escuelas e institutos, habiendo perdido la confianza en su función propia, han tomado prestado el punto de vista de las instituciones sanitarias y han reservado el puesto de honor para el psicólogo. Así, el discurso psicológico, tematizador del alumno y de sus problemas y capacidades -"especialistas en tí"-, ahoga cada día más al genuíno discurso docente, que tematiza los contenidos a enseñar . El alumno, que debía funcionar como puro sujeto, como ojo que, él mismo transparente, permaneciera abierto a los objetos que el maestro ante él despliega, ha adquirido así, al cargarse de propiedades, la consistencia de una cosa y se ha vuelto opaco, cerrado ya a cualquier percepción y aprendizaje.
Pero con el psicólogo han entrado en la institución escolar los papás: discurso psicológico y discurso familiar se apoyan mutuamente, entronizados ambos por una misma ideología "progre". Resulta así todo ese pringoso chalaneo que padres, psicólogos y profesores se traen con los alumnos y que -dulzón, maternal y ñoño- viene a obturarlos como sujetos de aprendizaje: la costumbre de tratarles de tú y por el nombre de pila, la sobreprotección y el paternalismo ("los chavales", dicen), todo conspira para prolongar contra natura el clima afectivo familiar, de modo que el alumno no advierta, ¡por Dios!, que ya no está en casa, como si la vida fuera una tibia burbuja rosa en la que to er mundo é güeno y todos somos maravillosos. Frente a esto, el ya difunto instituto prepsicologista, tan criticado por los progres, tenía pese a todo, con su impersonal trato de usted y su severidad de principio, una preciosa virtud liberadora: la de tratar a sus alumnos como personas responsables, es decir, precisamente como sujetos. Con lo cual, a la vez que los preservaba como sujetos de aprendizaje, los iba haciendo -a andar se aprende andando- realmente responsables y adultos .
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17. Cuatro frías paredes. A veces no hay más que poner del revés las palabras del progre para hallar la verdad. En el instituto donde trabajo tenemos uno que a cualquier hora, aburrida monserga, deja caer lo siguiente: "Porque el instituto no deben ser cuatro frías paredes adonde el alumno va a cursar una serie de asignaturas; debe ser mucho más, debe reflejar la sociedad; debe organizar exposiciones, campañas...". O bien: "debemos procurar que el alumno se encuentre como en su casa". Con lo cual suele en efecto este progre promover la desaparición de los espacios vacíos de las paredes bajo una multitud de cuadros, dibujos, pósters, fotos y carteles colgados con los más diversos pretextos, generalmente coincidiendo con alguna "campaña" en favor de alguna causa políticamente correcta. -Pues sí, señor -hay que contestar a este progre- el alumno tiene derecho a que el instituto sea cuatro frías paredes, tiene derecho a que se le preserve mientras está en él de la barahúnda de incitaciones, del ruido, que cunde afuera. Un poco como en el psicoanálisis se preserva un marco espaciotemporal distanciador, sólo el aislamiento o corte con la realidad permitirá que la distancia simbólica tenga lugar. Sin esa distancia no hay percepción clara posible -ni, por otra parte, libertad-. Por eso la enseñanza es constitutivamente distante, fría.
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18. Escuela activa. La atención que todo aprendizaje requiere como condición viene a ser un cierto estar activamente quieto, un cierto esfuerzo o tensión por mantener una quietud o fijeza, quietud que, como esencial al aprendizaje, ha de acompañar incluso aquellos ingredientes suyos que se traduzcan en movimientos físicos, como los de la mano que línea a línea va trazando un dibujo, regidos siempre por una mirada vigilante, esto es, activamente quieta, tensa sobre lo que uno se trae entre manos, y así discernidora. Como ésa es la verdadera actividad del aprendiente, su verdadera capacidad de acción y decisión, aquello en lo que él se muestra como sujeto, el poder, al que nunca interesa que nadie sea sujeto, tenía que destruirla (lo cual no iba por otra parte a ser impopular, pues todo rebajamiento de dificultades y tensiones, toda promoción de la pasividad halaga a la masa), pero, como todo aquello que, como la actividad, parezca redundar en que cada uno sea sujeto goza automáticamente de prestigio, tenía también que disfrazar esa destrucción de su contrario, de promoción de la actividad, para lo cual nada venía mejor que aprovechar el esencial carácter de quietud que la genuina actividad del aprender tenía para hacerla pasar por pasividad. Se trataba, pues, de pervertir aquella actividad: haciendo como que se la fomenta, destruirla. Para ello el poder ha ideado la creación y promoción de una "escuela activa", en la que los alumnos, en medio de un caótico zipizape, sin tranquilidad ninguna para atender a nada ni controlar sus movimentos ni por tanto discernir nada ni aprender nada, incesantemente alzan la mano, dan su opinión, protestan, discuten, rayan a rotulador un papel, teclean al ordenador, pintan, modelan, copian, brincan. Es decir: se mueven. Pero ese movimiento es ahora el negativo de aquella actividad constitutiva
del aprender: ya no es esfuerzo, sino dejadez, ya no es tensión, sino flojera, pues ya no hay nada que discernir ni nada que no dé igual, pues los presuntamente aprendientes sólo han de dejarse llevar por la espontaneidad mecánica de sus fibras musculares, reflejos, motivaciones, caprichos, gustos, opiniones y prejuicios. Como el de bolas de billar llevadas de aquí para allá, es un movimiento inercial: la perversión de la quietud activa esencial a todo aprendizaje está cumplida, y aquí el poder ha acabado su tarea.
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19. Modelo de Propuesta para una Reunión de Departamento en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

CONSIDERANDO que, al ser acreditables los objetivos terminales del primer ciclo en su segundo nivel de concreción como objetivos generales del segundo ciclo en su tercer nivel de concreción, resulta que el tercer nivel de la concreción de los objetivos generales del primer ciclo se considerará primer nivel de concreción de los objetivos terminales del segundo ciclo, con el inconveniente de que en este caso no cabe aplicar el sencillo proceder que tanto éxito tuvo la vez aquélla de "la parte contratante de la primera parte", pues, pese a venir como anillo al dedo a las presentes circunstancias, sería considerado una grave falta de acatamiento al espíritu y la letra de la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (que creo que le llaman), sino que es nuestro deber y salvación encontrar sentido y coherencia en este abracadabrante pandemonium,

Y CONSIDERANDO por otra parte que ello nunca sería factible en un estado medianamente lúcido de conciencia,

PROPONGO que en ninguna Reunión de Departamento se abra la sesión hasta que, bajo el efecto de algún estupefaciente como podría ser verbigracia un canuto que cada uno de nosotros a partir del próximo día podría traer a la sesión, hayamos alcanzado un estado de conciencia suficientemente crepuscular como para encontrar sentido ya sea a los créditos, fijos o variables, de análisis o de síntesis, ya sea a las dos clases de objetivos, ya sea a los tres niveles de concreción o ni que sea, en fin -el dia que las instancias competentes mediante oportuna publicación en el BOE tengan a bien crear esa figura-, a las siete apocatástasis de la albóndiga abollonada.

En............., a... de........ de....

(Firma)

sábado, 12 de mayo de 2007

A propósito del Día de las Mujeres y el Trabajo

A PROPÓSITO DE LA CONVOCATORIA DE UNA HUELGA MUNDIAL DE MUJERES PARA EL 8 DE MARZO

Algunas mujeres de Irlanda ya están exigiendo que el Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo, se declare día festivo pagado para las mujeres.

Yo lo siento, pero noto aquí una contradicción muy grande y que no quiero pasar por alto porque me parece de muchísima importancia: acabo de leer apenas unas líneas más arriba "Lo que falta no es el dinero sino la voluntad política de cambiar las prioridades del mundo.", y me ha alegrado mucho leerlo porque es lo que yo pienso y siento: el dinero no sirve para nada bueno. Entonces, ¿cómo es posible que las mujeres nos conformemos con recibir dinero, paga por nuestros servicios a esta sociedad?: si no es la sociedad que queremos, ¿por qué trabajar para ella con o sin sueldo? Siento decir que las exigencias que aquí se exponen me parecen preñadas de cobardía y resignación con la situación actual, y de una falta de imaginación desoladora además (v. abajo ejemplos de propuestas prácticas bien factibles). Yo siento que si las mujeres hacemos tantas cosas como aquí bien se dice, no es por colaborar con la sociedad (aunque nos lo digan, para hacernos la pelota, para adularnos, desde el mundo de los hombres, que siempre dicen que no son nada sin nosotras), no es por eso de ningún modo. Yo, al menos, que no paro, sé muy bien que no es por eso, sino por mil otras cosas que no son de esta horrible sociedad, pero que siguen vivas por debajo, y yo las veo y las oigo y las siento y las quiero cuidar, y son por ellas todos mis desvelos. Yo no doy clase para que estos muchachos, desconcertados, perdidos, pero tan vivos muchos de ellos aún, se mueran de asco trabajando y ascendiendo en la podrida escala social: yo doy clase, a pesar de que sé muy bien las miserias que les tiene reservadas esa sociedad tan pagada de sí misma, tan bien pagada, por compartir con ellos algunas cosas que no son miseria, que creo buenas de verdad a pesar de los pesares, y a pesar incluso de que esta sociedad las use como relleno de las horas y años que manda pasar encerrados a los muchachos en la flor de la edad en institutos y colegios, a pesar de que para esa sociedad y sus ministerios no son más que materias, asignaturas de las que sacar una nota, un número del uno al diez que perpetúe su asqueroso sistema de valores, de competencia en lugar de colaboración, de poderes en lugar de entendimientos, de jerarquía en lugar de hermandad. Yo desprecio la sociedad en que me han nacido y no hago nada por colaborar con ella ni tampoco por mejorarla porque pienso que está podrida de raíz. Yo quisiera deshacerla, porque siento que la sociedad no es todo, que por debajo de ella, a pesar de sus mil maneras de matar, de aburrir, de desunir, de crear soledad, miseria y desesperación, maldad, enfermedad y ruina, aún vive gente limpia, gente alegre, gente buena, hermosa gente, y sobre todo, siguen naciendo niños que no merecen todo el mal que se les da desde que vienen al mundo.

Yo propongo que las mujeres nos unamos para clamar, para decir lo que de verdad queremos, lo que sería deseable (y da igual si parece posible o si no: el amor y el deseo no saben nada de imposibilidad, de realización, sienten y hablan así y no se puede cambiar lo que dicen sin traicionarlos): abolición de las Naciones o países o como quiera que se llamen, abolición de los Estados, que no sabrán el daño que hacen, pero nosotras sí lo sabemos, abolición del trabajo inútil. Yo no pienso pedir a la sociedad que dé trabajo a las mujeres, porque las mujeres siempre tenemos cosas mejores que hacer que trabajar, y no nos faltan ideas porque tenemos ojos y vemos lo que hace falta hacer, y tenemos seso para discurrir cómo hacerlo de la manera más sencilla y placentera. No pienso pedir que me paguen con su sucio dinero para luego ir a comprar a sus sucios supermercados y centros comerciales abarrotados de memeces plastificadas y productos para la mujer estúpida, que es la única que quieren como consumidora. Quiero que se acabe el dinero, que deje de producirse tanta estupidez consumible, que no saquen al mercado más cosas "specially for women" que me hacen sentir vergüenza: streep-teases masculinos para despedidas de solteras, para hacer las mismas ridiculeces que los hombres -que estaban aprendiendo quizá a dejar de hacerlas-, trajes de novia para ir guapa al matadero o a la picota, revistas infames donde las mujeres se expresan como oligofrénicas y reciben el mismo trato, anuncios, programas y series de televisión para que nos enganchemos y luego los comentemos como si nos fuera la vida en ello (¡nos gusta tanto hablar! Pero los hombres nos han impuesto los temas, las asignaturas, y nosotras, a obedecer: Casa, Belleza, Dineritos del Hogar, Salud, Trabajo, Sexo, Hijos, Amor a toda pastilla, Famosos, Cine y Televisión, y, bien separadito, Política -y hasta Feminismo para nosotras ¿qué más podemos desear?-, que tiene su lenguaje, sus procedimientos, sus prioridades, sus normas, sus razones históricas, sus sistemas menos malos,... Puaj! Así no hay quien hable en serio de nada si hay que acatar todos esos topicazos, hipocresías y falsedades!)... sigo con las cosas que nos venden: carreras, masters, cursillos y "todo un mundo de oportunidades" para nosotras y nuestros hijos y (¡ay!) a nuestras hijas también, para que los mandemos a hacerse hombres (también a ellas: una ejecutiva es un hombre con tetas), a volverse contra nosotras y defender el sistema que nació (no lo olvidemos nunca) con el sometimiento de las mujeres, reforzarlo participando de él, siendo cómplices, forzosas o voluntarias, lo mismo da.

Por eso las mujeres tendríamos que rebelarnos, que gritar de una vez contra la familia, esa institución dedicada desde el principio de los tiempos a capturarnos para esclavizarnos, a acaparar toda la riqueza sin cuento ni nombre que podíamos traer al mundo y convertirla en capital para el amo, en posesión individual. ¡Abajo la posesión de las mujeres!, ¡abajo el matrimonio, abajo el estado!: ser de un hombre, ser de un país, ¡qué miseria para las que nacimos en un mundo que podía estar libre de todo eso! ¡abajo las cadenas! Qué nos importan sus guerras ni su historia: ¿cómo puedo vivir tranquila y feliz si veo lo que pasa a mi alrededor? ¿cómo voy a pedir nada para las mujeres españolas, por ejemplo, si veo lo que pasa con las rumanas, por ejemplo? ¿cómo voy a pedir dinero para todas las mujeres si veo la de porquerías que nos venden y que con dinero y sólo por dinero se fabrican? ¿cómo voy a pedir protección contra la violencia? ¿eso qué significa: que pongan más policías aún, aún más cámaras? Yo lo que quiero es que los hombres dejen de ser violentos y eso sólo puede ser si dejan de estar alienados por esta sacrosanta sociedad y su sacrosanta dualidad de Trabajo y Paro inútiles, con su sacrosanta industria de la información y el espectáculo que es en verdad de deformación, atiborramiento y bochorno. Para que acabe la violencia habría que pedir, por ejemplo, que dejen de fabricarse coches y de construirse “autovías”: sé que ahora mismo muchos se están matando bien enlataditos por esas carreteras de estos estados nuestros que tanto nos quieren que no paran de construirlas para facilitarnos la vida. Sólo por ejemplo. Pues que dejen de fabricarse armas y de construir conflictillos y guerrillas donde usarlas. ¡Pero si no hacen más que repartir muerte! ¿Es a esa sociedad o a esa realidad a la que vamos a aportar nuestro granito de arena hacendoso, a la que queremos incorporar nuestras manos de hada?

Supongo que los hombres desengañados que aún sientan por debajo el clamor de las víctimas de tanta miseria no nos van a perdonar que queramos engordar como asalariadas esa economía mundial que nos está arruinando la vida: una y otra vez ¡no al dinero! ¡sí a los recursos, a la riqueza auténtica, a lo que no se compra ni se vende ni se financia ni necesita estímulo dinerario para nacer! Desengañémonos de una vez: ¿vamos a dejar solos acaso a los hombres que luchan por deshacer tanto entuerto? Un mundo de solos y solas es lo que vamos a contribuir a labrar por más que triunfen las reivindicaciones de salario para el ama de casa. Este Reino del Dinero Mundial excluye y extermina todo lo que no sea su modelo de Hombre o de Mujer a imagen y semejanza suya, lo que no sea mero cliente del capital: le sobran viejos, le sobran niños, le sobran mujeres que no valgan para salir en sus anuncios o no se presten... ¡En nombre de las mujeres más enmudecidas y enjauladas, de los niños, los viejos, los animales, las plantas, los astros, en nombre de todo lo que sufre, no acatemos las diferencias con que nos separan!: no es por la Humanidad o historia del triunfo sangriento del Hombre a costa de cualquier otra cosa, incluso de sí mismo, por lo que luchamos ni tampoco por la Mujer, por que entre a ser triunfadora y pisoteadora ella también. Si acaso, por amor, que no sabe de especies ni géneros, de vencedores ni vencidos. El lema del Hombre de la historia ha sido siempre: divide y vencerás. ¡Ni blancas ni negras, ni pobres ni ricas, ni liberadas ni oprimidas, ni cultas ni ignorantes, ni hombras ni mujeros, ni jóvenes ni viejas, ni de X ni de Y! Que no nos duelan prendas en denunciar su mentira: no se trata de vencer, y en verdad os digo que no tenemos nada que perder, nada: las cosas de verdad importantes no pueden perderse nunca porque no se tienen, no son de nadie, y están ahí siempre! ¿Quién no sabe eso en el fondo? Desnudémonos del miedo de una vez para unir nuestras lenguas de verdad: dejémonos hablar, discurrir, imaginar, descubrir lo falso de la representación del mundo que hemos venido acatando, que nos han inculcado para atarnos la lengua, para esclavizar a ella el corazón y la razón. La realidad no puede menos de ser falsa, una falsedad efectiva y sangrienta, terriblemente eficaz para difundir maldad, miedo y sufrimiento sin término. ¿Vamos a seguir aceptando la prostitución o no? ¿De verdad creemos que es inevitable, que no hay nada que hacer?

Una última pregunta: ¿A quién van dirigidas las reivindicaciones y exigencias que se proponen? ¿Al Estado? ¿A Papá Capital? ¿Al Poder Mundial? Por favor, seamos serias... Y, por favor, espero una respuesta con todo mi corazón.

Pero siempre queda algo que decir: no se trata de hacer la Revolución, ésa que sale en los libros de Historia con más o menos sangre. ¡La revolución la hacemos cada día al seguir riendo, hablando, jugando, amando, bailando, cocinando, peinándonos, qué sé yo, haciendo cosas buenas entre tanta estupidez y fealdad programada! Lo que pido es que unamos nuestra razón y nuestro corazón sin atender a familias, a países ni a intereses del dinero, que compartamos entre todas y con todos esa constante revolución que es estar vivas. ¡Que muera la mentira que nos separa!

PROPUESTAS PRÁCTICAS RAZONADAS PARA REALIZAR EN UN SOLO DÍA, EL DÍA DE LA HUELGA, ENTRE TODAS LAS MUJERES QUE SE UNAN Y TODO EL QUE QUIERA SUMARSE

1. ¡NI UNA SOLA MUJER AL APARATO! Dicen que si Eva pecó con la lengua. ¡Vamos a verlo! ¿Puede alguien imaginar lo que sería un día sin una sola voz femenina que respondiera a un teléfono de empresas públicas o privadas o contactos calientes? Aunque no alcanzo a imaginar el alcance de esto, creo que sería francamente digno de probarse a ver. El eslógan para animar a ello es el que me sirve de título, y creo que no necesita explicación. Se puede ilustrar con muchos dibujos, de mil maneras que dicte la imaginación a cada quién, donde salga la dichosa Eva diciendo NO ESTOY a la llamada del aparato del poder.

2. ES BIEN CIERTO QUE MUCHAS MUJERES DE CIERTA EDAD ESTÁN ESCLAVAS DE UN HOGAR CON TODOS LOS MALOS TRATOS QUE CONLLEVA SIEMPRE (NO HAY UNO LIBRE AUNQUE SEA DE GRITOS Y MALOS MODOS, DE DESAMOR EN DEFINITIVA) PORQUE, REALMENTE, NO TIENEN DÓNDE IR NI CÓMO SUBSISTIR; POR OTRO LADO, TAMPOCO LAS MUCHACHAS SE LIBRAN DEL YUGO FAMILIAR SIN SOMETERSE A ACEPTAR EMPLEOS DEGRADANTES. ANTE EL TRISTE DILEMA, LA MAYORÍA OPTA POR PUDRIRSE EN LA CASA PATERNA:

PARA ABRIRLES LAS PUERTAS DE LA CÁRCEL FAMILIAR bien puede en cada ciudad o pueblo tomarse ese día un edificio bien elegido de los cientos que la desorganización reinante tiene desaprovechados y condenados a ruina. No saben qué hacer con los viejos caserones porque sólo conciben nichos unifamiliares o también cubículos de ridícula extensión llamados apartamentos, auténticos pudrideros de pareja sin niños con doble nómina, fabricados ad hoc con la mala intención de que ambos se mueran de asco el uno con el otro y se dediquen a comprar y consumir sin fin para llenar sus vidas, apartaditos de todo dos a dos (eso sí, muchas vitropuñetas en el pisito y venga garaje), y para lo público, monstruos de cemento, vidrio, espejo y viga gorda, completamente feos e invivibles pero al gusto del s.XX o XXI, que tiene que tener un estilo arquitectónico propio y reconocible, aunque sea por su completa inadecuación a cualquier uso razonable (ejemplos: ponedlos cualquiera que tenga delante algo del estilo de lo que ha perpetrado el Capital en la playa de Donosti). El caso es que en un solo día puede hacerse mucho si un grupo numeroso se decide a ocupar una buena casa: puede, de hecho, con buena colaboración quedar habilitado el mismo día para que habiten en él siempre que lo consideren oportuno, sin norma alguna de propiedad, de tiempo de estancia, ni condiciones restrictivas de la admisión, cuantas madres o hijas o mujeres solas no estén conformes con su situación (en principio: ni que decir tiene que la hospitalidad se extiende a cualquier edad o sexo). Queda la comunidad fundadora encargada de procurar cuanto sea necesario, durante el tiempo que sea necesario, para hacer posible la permanencia de los habitantes y la habitabilidad de la casa: comida (¡en tantas casas y restaurantes sobra y se tira!), ropa, material de todo tipo, instalación de agua y luz (algún técnico habrá, digo yo)... Todas sabemos que dar es de lo más hermoso y que más alegría da, así que... ¡POR LA LIBERACIÓN DE LAS PRESAS DE LA FAMILIA!

NOTA: no debe aceptarse por principio ninguna negociación con instituciones oficiales del tipo de ayuntamientos, iglesias, sindicatos, televisiones, ni ningún otro “ente” ni público ni privado. Nada de entes: sola la autonomía de la gente y su bendita capacidad para arreglárselas y entenderse hablando y sólo hablando, sin necesidad de poner normas ni leyes. ALERGIA COMPLETA A LAS INSTITUCIONES EXISTENTES. Si alguien quiere unirse o apoyar, que pare el carro y que lo haga a pie, como todo cristo, con sus propias manos... dando la cara. ¡Políticos fuera! ¡Nada de fotos!

3. PARECE FUNDAMENTAL COMPARTIR EL DÍA DE HUELGA CON LOS NIÑOS, MUCHACHOS Y VIEJOS para palpar la verdadera política de abajo, la que se hace sin dinero, para hablar en libertad quienes no suelen tener VOZ PÚBLICA, que están condenados a lo privado, lo quieran o no (es decir, casi todos en realidad). Que por un día se haga política desde abajo, que consiste en hablar entre nosotros lo más olvidados posible de la jerga política. Política de la que no hacen los políticos que hacen la política que hacen los políticos: ésa es un discurso cerrado que viene a parar siempre en lo mismo: no se les ocurre nada pero algo tienen que hacer para justificar su cargo: hacer las inutilidades de siempre, a más escala, con más daño y destrozo aún. Cuanto más arriba, más ciegos están. Nuestra política se hace hablando y deshaciendo los engaños que nos tienen presos con redes invisibles pero poderosas. ESO ES LO ÚNICO QUE NO SE ESPERAN: QUE NOS PONGAMOS A HABLAR DE VERDAD Y EN SERIO DE LAS COSAS QUE IMPORTAN EN EL LENGUAJE CORRIENTE Y MOLIENTE QUE USAMOS CADA DIA ENTRE NOSOTROS. LO DEMÁS ES FOLCLORE EN EL PEOR SENTIDO DE LA PALABRA: MUJERES DANDO LA NOTA DE COLOR, COMO EN LOS ANUNCIOS; ALGO SIMPÁTICO Y ENTRAÑABLE QUE SACAR EN EL TELEDIARIO. ¡BASTA YA DE GILIPOLLECES! Por tanto, se propone lo siguiente:

4. PLANTEARSE SERIAMENTE Y SIN MIEDO EN LAS REUNIONES, ASAMBLEAS O CORRILLOS QUE SURJAN EN ESTE DÍA LA CUESTIÓN DE ¿QUÉ QUIEREN DECIR CUANDO NOS HABLAN DE ECONOMÍA? ¿DE QUÉ CLASE SON ESAS RAZONES ECONÓMICAS? Pienso que pocas cosas hay tan necesitadas de aclaración. Sin miedo, porque hablando no tenemos nada que perder: sólo podemos perder las mentiras, las falsas creencias, deshacernos del engaño. El resultado mejor que podemos desear para ese día es un desengaño, muchos desengaños... aparte de sorpresas sin cuento, que siempre serán bienvenidas. Ofrezco como ejemplo las siguientes razones y perplejidades, que pueden presentarse a las asambleas leyéndose o recordándose las que parezcan oportunas, o bien repartirse en forma de panfleto [también, si parece bien, pueden aprovecharse las más generales que exponía al comienzo, antes de estas propuestas prácticas]:

-Economía quiere decir en griego administración de la casa o la hacienda de un particular. De eso muchas mujeres saben mucho, así que no es precisamente de la ignorancia de la que partimos en una asamblea de mayoría femenina.

-La pregunta más evidente es: ¿puede hablarse con propiedad de economía de un país o de un grupo de ellos? ¿qué quiere decir economía mundial? ¿puede abarcarse la administración de algo tan grande de igual manera que puede hacerse con algo a pequeña escala? Porque parece que la cuestión del aumento de la escala no es de poca monta: parece marcar diferencias tan importantes, por la complicación creciente, que llega un punto en que economía doméstica y gran economía no sólo no se parecen en nada sino que son cosas opuestas. Hasta el punto, en fin, de que lo que sabe o necesita saber un ama de casa -o un agricultor de los de antes, por ejemplo- para arreglárselas sin dificultades y lo que sabe o se espera que sepa un economista no tenga nada que ver; hasta el punto de que sean idiomas intraducibles, y de que las cuentas del ama de casa y los cálculos del economista no se parezcan en nada tampoco. La diferencia llega a ser la que va de lo palpable a lo impalpable. Sin embargo, tenemos que ver también en qué se parecen. ¿o quizá no?

- Para decirlo aún más claro a fin de ver de hacérnoslo más sensible: he señalado antes cómo es claro que el Sistema que padecemos nació con el sometimiento de las mujeres. Pues bien, la que esto escribe lleva años investigando y descubriendo una y otra vez, aquí y allá, cómo este primer sometimiento es a la par sometimiento de la lengua, de la razón viva. La dominación se funda conjuntamente en el sometimiento de mujeres y lengua. El Hombre de la Historia ha creado para ello las ideas de Belleza (la Mujer ideal) y Poesía, tributo falaz parecido al collar de brillantes que coloca al cuello de la mujer el pretendiente con el gesto del que rinde adoración al ídolo, obra suya, que con la excusa de amar va a poseer vorazmente, y a hacer callar como ídolo que debe ser (también ha creado, por supuesto, la idea de Amor con mayúsculas, destinado sobre todo a nosotras, siempre para la perfección y adorno de su dominio). Esta separación en dos clases, dominante y dominada, hombre/mujeres, se cumple con la separación de lo público y lo privado: se trata de privar a las mujeres de voz pública como ha venido sucediendo (con ellas, claro, a los “menores de edad”, etc). Pues bien, concomitantemente a su reclusión y su consideración como bien de uso y posesión, como primera forma de dinero, se da el paso complementario: la lengua, las palabras, vienen a ser tratadas, utilizadas también como objetos, es decir, con desprecio de su verdad: como mujerzuelas, como mujercitas. La lengua se prostituye al tiempo que las mujeres, pasa a ser también una forma de dinero. El necio hombre de la historia basa su seguridad en la creencia de que la lengua está a su servicio puesto que él la usa así, para sus fines. Digo necio porque es evidente que las palabras no son mudas y que por la boca muere el pez: por sus palabras los conoceréis, por ese discurso insulso, aunque tan revelador de su ceguera, de sus mezquindades y de sus miedos, ése que quienes maldecimos del poder no podemos avenirnos nunca a usar, ¡es que ni nos sale hablar así!. Pero entretanto las palabras de las mujeres también han sufrido a la fuerza el encarcelamiento en lo privado a que se las condena, como exponía al comienzo. El Hombre de la Historia, el lenguaje del Poder, cuenta, para ejercerlo, con lo que llama facultades superiores: conciencia y voluntad (más una forma amañada de memoria sometida a su Historia, por tanto a manejos de conciencia y voluntad). Se despega así de cualquier cosa que surja de abajo: así se cumple de nuevo la funesta separación de sexos que da inicio a la sangrienta Historia, que no podemos permitirnos.

A partir de ello se cree en la obligación de domar, de someter a su imperio y su control cualquier síntoma de vida cuya fuente sea extraña a la voluntad de poder: mujeres, pensamientos, deseos, razones, palabras, sentimientos, niños, sueños, bosques, manantiales, gozo, compasión, tristeza, amistad, llanto, memoria involuntaria, artes previas a su Arte, dulzura y abandono, olvido, alegría, yo qué sé cuánto y cuánto de bueno y desconocido de las cosas que nacían sin intervención de conciencia-voluntad, que simplemente nacían.