martes, 22 de diciembre de 2009
PARA DESCONFIAR DE LA APLICACIÓN DE LOS MEDIOS TECNOLÓGICOS EN EDUCACIÓN.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Aviso a los colegas enseñantes sobre lo posible contra el Poder y el Saber
Por el contrario, quisiera que sintierais conmigo con claridad que esa desgracia, pesadumbre y vaciedad que los inexpertos denuncian, al menos en sus corazones (cuando se ponen a hacer reclamaciones y protestas, suelen recaer a su vez, los pobres, en los tópicos que se les dan hechos y a mano para el caso), pertenecen a la esencia misma de las Istituciones y les son inherentes a la Escuela, a la Universidad, a los Consejos de Investigación y a los Ministerios de Educación y Ciencia; porque, si no, la equivocación puede llevar a los bienintencionados renovadores, con otros Planes y alteraciones del Aparato más, a renovar el ciclo eterno de las reformas en que consiste la inercia de dichos mortíferos Institutos.
Sépase pues, si es posible, que es inherente a la Escuela y las demás Instituciones Pedagógicas el amortiguar la curiosidad y pasión de entender de los estudiantes, el desviarlos hacia fines impuestos desde Arriba, el convertir sus actividades en Trabajo, el someterlas a la examinación perpetua, el vaciarlas de sentido en sí al someterlas a un destino, Título o Colocación, y en una palabra, el aburrir al personal.
Que ello sea así es lógico y simple de entender: la Escuela entera y los otros Institutos de Enseñanza o Investigación están ligados al Estado, en las formas más o menos perfectas de éste, más o menos disimuladas; son parte del Aparato del Estado, y parte tanto más importante cuanto más el Estado progresa; o bien, al estilo tradicional americano, están ligados con las Grandes Empresas Comerciales, que igualmente los promocionan y patrocinan; y como, con el progreso del Progreso, Estado y Capital tienden cada vez más a confundirse y aspiran al ideal en que los dos son la misma cosa, ni siquiera hay ya lugar a distinguir entre las dos maneras de sometimiento: el caso es que son parte muy importante (como muestra fielmente la dedicación de millones a Educación y Cultura en los presupuestos del Estado y de la Banca) del Aparato.
Ahora bien, Estado y Capital no tienen interés en que se descubra nada: están montados ellos sobre la fe en la Realidad, en que las cosas son como son, y bien se guardarán todo lo que puedan de que alguien vaya a descubrir que son de otra manera, o sencillamente, que no son de ésa; y asimismo, la curiosidad o pasión de entender de la gente a medio formar no va a merecerles mucho cariño ni respeto: la tratarán más bien como una impertinencia, semejante a la que los padres sienten en el "¿Por qué?" insistente de sus retoños de tres o cinco años, y como tal impertinencia, y acaso peligro para su estabilidad y su progreso como Dios manda, tratarán de eliminarla, desviarla o asimilarla por todos los medios a su alcance.
Ya se sabía desde siempre que a los que mandan no les hace gracia que la gente piense ni que se comuniquen sus pensamientos, no sea que, aparte de lo que tengan de personal, idiótico y conforme, vayan a tener algo de común y popular; y eso, que se reconocía en las formas más bastas del Poder, como Imperios Romanos o Hispanos o Dictaduras, lo mismo se dice, sólo que con denuncia del correspondiente avance en la táctica, de las formas progresadas y actuales de Capital y Estado; no vaya a pensar alguno que Estado y Capital progresan en contra de su esencia. Sólo que en otros tiempos (pero los otros tiempos están en éste, que no es tiempo ninguno) los procedimientos que el Poder, por sus establecimientos de Educación y Ciencia, ponía en uso eran aquéllos de la censura brutal y el miedo (libros en el índice o en la hoguera, inquisiciones académicas, etc.), aquéllos de la rutina escolástica (desde catecismos para párvulos hasta tratados universitarios ortodoxos, más aplastantes por su insípida pesadez que por su doctrina), y en suma, la pedantería académica recubriendo la negra ignorancia, y más notablemente en sitios como España, donde el miedo, impuesto por la gran desgracia de un Imperio, al durar siglos, vino a volver más negra la insipiencia y más tristes los oropeles de vítores y cátedras que la recubrían.
Pero todo eso es cosa de antaño, nada más que la película de nuestras memorias, y no deben estudiosos ni políticos entretenerse mucho en pelear con endriagos de películas históricas, que no hacen sino distraerlos de atender a las modalidades actuales del asunto. Las formas progresadas de Estado y Capital no tienen a su servicio tales procedimientos de censura, hogueras ni credos ortodoxos: otros son los que corresponden a su desarrollo, y que se han demostrado mil veces más eficaces que aquéllos de la represión y las inquisiciones: en vez de prohibir o costreñir, se gestiona, se incentiva y se promociona, de modo que las funciones de la restricción venga a cumplirlas, mucho más eficazmente, la proliferación.
Es del caso comparar lo que ha pasado con el tratamiento de los ímpetus amorosos: habiéndose reconocido que el pecado, condena y represión eran procedimientos poco satisfactorios, se ha pasado rápidamente a poner por obra otros, que son la recomendación y exaltación del Sexo, la Industria Pornográfica y la Educación Sexual en las escuelas; los cuales ya se han demostrado harto más asoladores y catastróficos, como el Señor quería y podía preveerse: pues, si bien el prohibirte que se te empine (por poner el ejemplo en lo más trivial, que es lo masculino) puede producir disimulos y desviaciones que lleven en casos al repudrimiento y la enfermedad, el recomendártelo moralmente y casi ordenártelo a lo militar es el medio más seguro de que se te afloje mortalmente o de que apenques con cualquier sustituto de la cosa.
Pues así con el intelecto, la investigación y el estudio. Dejando ya el lado de la educación o formación de futuros ejecutivos de la Ciencia y la Enseñanza, a lo que ya arriba nos hemos trivialmente referido (reducción del estudio a Trabajo, su sumisión a fines de exanimación, colocación y título, que elimina la cosa del estudio a la par que condena a tedio a la persona), basta con fijarse en el lado más postinero: la Investigación.
Se exalta y se promueve a todo pasto la Investigación, la formación de Equipos de Investigación, el desarrollo de Planes de Investigación; se premian con dinero y con futuro las investigaciones en marcha y las concluidas; y casi da lo mismo el objeto de investigación que se proponga: preferiblemente, sí, será un objeto de los que al Mando le hacen ilusión, de los que Él cree que son conducentes a la aplicación crematística y al desarrollo de la Humanidad según Su idea; pero, si no es así, si se trata de investigaciones a las que no se les ve la punta, pero que son de prestigio cultural, de lujo y gala, también vale para el caso: ahí se desviará también la parte congrua de los fondos que Estado y Capital destinan, con progresivo despilfarro, a la Investigación.
El resultado es una proliferación semejante a la propia proliferación de prole humana por el mundo (producción a velocidad creciente de niños, esto es, futuros compradores de ordenadores personales y cadenas de Hi-Fi): es la balumba de Tesis Doctorales no promovidas por interés alguno en el asunto, sino por la promoción de la Persona; son las carretadas de artículos y libros y comunicaciones a congresos que no tienen más utilidad que la que al autor le presten para la formación del curriculum vitae respectivo, etc.
Pueden ser los productos de esa Investigación de dos tipos, según arriba se anunciaba: o sumisos o superfinos; pero de ambos modos serviciales al Estado y Capital que los promueven.
La justificación que los de Arriba tienen para ese manejo gigantesco consiste, ya se sabe, en la fe en que, contribuyendo cada uno, aunque sea con un granito (como cada hormiga), a la acumulación de saberes en depósito para el Día de Mañana, introduciendo el más chico perfeccionamiento en un detalle de una maquinita, que puede dar lugar a una nueva Patente para hoy y rendir mejores servicios el Día de Mañana, con eso se está positivamente contribuyendo a la Mayor Ciencia ("¡Lo que sabemos entre todos!", que comentaba ya Juan de Mairena) y a la Mejor Vida de la Humanidad, y a la costrucción justamente de ese Día de Mañana, donde todo, como en el Juicio Final de las viejas religiones, quedará sabido y justificado.
Que esa fe no tiene muchos visos de ser verdad ninguna, a cualquiera del común se le ocurre sospecharlo: que a lo mejor no hay Día de Mañana (o que en verdad ése es el nombre disimulado de la muerte) y que la Humanidad no avanza por ningún camino. Es incluso muy poco probable que ese Proyecto o Plan, en nombre del que toda educación o investigación se condiciona, tenga sentido alguno: porque, si lo tuviera, tendría que saberlo hasta el Ministro, Ejecutivo o Funcionario que dicta los Planes de Estudio, en que se distribuye lo que a cada curso y en cada clase debe enseñarse del Saber total; de manera que lo que va a saberse está sabido de antemano, y lo sabe hasta el Ejecutivo. Supongo que mis colegas profesores, ante tal suposición, carraspearán al menos, y los estudiantes, si se les enuncia bien, seguro que se mondan de la risa.
Pero no se pide aquí a nadie que positivamente crea que ese Plan o Proyecto de Futuro, en que la promoción de la Investigación (y la Enseñanza) se justifica, es mentira. Basta que se piense por un momento que puede no ser verdad; y entonces, el considerar lo que, en ese caso, se está haciendo con las inteligencias y vidas de los niños y los muchachos a medio costituir, con los millones invertidos en los procesos investigatorios y educativos, es más que bastante para hacerle temblar a uno.
¿Que qué hacer entonces? Sí, porque quemar el Instituto o la Universidad u Organismos similares tampoco puede ser: no sólo que sea inútil para romper eficazmente este Aparato, sino que además es imposible: porque a los Entes Astractos (y es de ésos de los que se trata) el fuego no los quema; y hasta puede ayudarles, según anda el Dinero, a promoverse el que se destruyan algunas de sus instalaciones o edificios. Por fortuna, el Poder no puede por menos de dedicarse a engañar a la gente, como arma primera suya, y para engañar, tiene que hablar (y el lenguaje, por más que los cultos lo perviertan, no nace de Arriba, sino de abajo), y al hacer proclamaciones, siempre cabe en cierta medida cogerlo por la palabra; y hasta los vocablos resultan con frecuencia reveladores cuando se les examina: hasta la palabra ‘investigación’ es ominosa para el Dominio, encerrando como encierra la sugerencia de 'seguir las huellas (del animal o del enemigo)', 'descubrir lo que se oculta'; de manera que investigar de veras sería un arma terrible contra el Poder, ese animal astracto que vive de la mentira.
Más llanamente: la sola fuente de confianza está en que el Aparato, con ser tan aplastante, no es omnipotente ni perfecto, y es por sus imperfecciones y sus grietas por donde puede respirar la posibilidad, nunca cerrada, de vida y de razón que sigue latiendo por lo bajo, en los corazones comunes de la gente, en su razón o lenguaje popular, y hasta en las almas de sus escolares, en la medida que tampoco estén del todo bien hechas y conformes, sino plagadas a su vez de resquebrajaduras y contradicciones.
O sea que cualquier renovación o revolución o descubrimiento habrá de hacerse no desde Arriba, sino desde abajo, y consistiendo en aprovechar por acá abajo, entre los que sientan todavía algo de pueblo y de contradicción en su razón y sus corazones, los fallos del Sistema y sus holguras.
No quieran engañarse los colegas y estudiantes renovadores: por más que las necesidades de ganarse el pan a lo académico les aprieten, por más desastrosa que la formación de sus almas haya sido, como el Señor no es omnipotente, siempre caben márgenes de desobediencia, y siempre cabe, como Prometeo a Zeus, tratar de engañarlo desde acá abajo, por los resquicios de las clases y los calendarios, y es dado, con la más limpia de las conciencias, intentar mentirle con la astucia más o menos fina que se pueda y, fingiendo servirle, si es que parece útil conservar uno su puesto de servicio, traicionarlo desde dentro de sus propias Instituciones y así servir al pueblo y a la razón común.
Es decir, que, viniendo a las labores cotidianas, siempre cabe hacer como que se entera uno, pero no enterarse, de los Planes de Estudio que caen de Arriba; hacer como que se examina y juzga a los estudiantes (si es que parece que negarse a examinar descaradamente pone en peligro el Puesto), pero en verdad no examinar ni colaborar a la faena de regularle al Sistema su flujo estudiantil y convertir el descubrimiento en asimilación forzada; siempre cabe también esa forma de rebelión paradójica que recomienda Jesucristo ("El que te cargare para un milla, síguele con su carga otras dos"), investigar más allá de lo que está mandado, hablar y leer de veras en las clases, y no para pasar la hora y el curso, que es lo que se exige: estudiar de veras con los estudiantes y descubrir, caiga quien caiga, lo mal sabido que es lo sabido; en fin, maneras con que la pasión de la inteligencia halla astucias para aprovechar las holguras que el Sistema siempre deja en contra de sus intenciones; cosas que seguro que muchos profesores, movidos por su propia honradez, ya hacen según se les tercia, pero que bien será decírselo, para que lo sigan haciendo con más abundancia y tranquilidad.
¡Qué, si hasta aquéllos que se encuentren, por su sino, ocupando cargos en la Administración de la Ciencia pueden siempre volverse cautamente del revés y utilizar el Cargo para lo contrario de lo que el Plan de Arriba preveía!; o al menos, si el Cargo es tal que no se ve manera de usarlo para nada bueno, hacer como los oficinistas decimonónicos, firmar, resolver crucigramas, y no hacer nada, o muy poquito, que el pueblo al fin se lo agradecerá: porque alimentar una plantilla de gorrones siempre le sale más barato que soportar una horda de capataces leales y diligentes.
No se van a encontrar solos los profesores en esa faena de investigación desmandada y de honrado aprovechamiento de su puesto por el revés: estarán siempre acompañados en ella por los estudiantes que les toquen; no por la mayoría de ellos ciertamente (eso, salvo por chiripa en algún grupo muy pequeño, no se dará nunca: la Mayoría es justamente la fuerza del Dominio progresado y democrático, del Capital fabricador de Masas de Individuos; que, si te descuidas, hasta te pedirán con votos y pancartas que los examines, por Dios, que los examines), pero sí siempre por una gran minoría de ellos, en cada curso, año tras año: aquéllos que, trayendo quizás ya sobre sus espaldas varios años de Pedagogía, siguen todavía milagrosamente vivos (algo que no puede menos de renovar en uno cada año un aliento de confianza en la infinita resistencia de la naturaleza humana, si hubiera tal naturaleza) y por tanto capaces de hablar de veras (no resignados a decir una y otra vez lo que está dicho), y de pensar y de sentir.
Ellos son la manifestación más cercana que a los que andan en esta profesión les toca de eso desconocido a lo que aludimos como 'pueblo', 'los de abajo'; y es en ellos donde el profesor, más avanzado en años y pesadumbre, debe beber ispiración y ánimos para proseguir en común (no en equipo) la investigación más despiadada, el siempre más esacto y claro descubrimiento de la mentira de las ideas dominantes, de la falsificación de la Realidad: acercarse así, con ayuda de ellos, mientras pasan por las aulas, mientras siguen vivos, a aquella sugerencia de Juan de Mairena (al que siempre animo a volver contra la Pedagogía: “un pedagogo hubo, se llamaba Herodes”) de una escuela de sabiduría popular, que fuera como un oído, delicado y fiel, para las voces que de abajo, del pueblo, vengan, para darles curso y jugar con ellas y acaso devolvérselas, más refinadas, hábiles y penetrantes, al pueblo de donde venían.
Por eso es por lo que a veces decíamos que la Universidad debe seguir estando ahí, por más fea que la pongan, y a los muchachos que de vez en cuando me hablan desesperados de la Institución, que los mata de tedio y que les dan ganas de colgar los hábitos de estudiante y no volver a pisar las aulas, suelo decirles que más vale que se queden y resistan como puedan; tanto más cuanto que (aunque esto no suelo decírselo a ellos) ésos que más sienten el dolor de la escuela y el cambiazo que quiere meterles el Plan de estudios, son probablemente de los que más útiles pueden ser quedándose y resistiendo.
Debe seguir la Universidad, porque, pese a lo que desde Arriba quieren hacer con ella, lo que no pueden evitar es que sea un sitio donde se juntan cada año muchos de ésos, de la gente a medio hacer, que por ello mismo pueden hablar entre sí (a grandes minorías) de manera que por ellos hable alguna vez el lenguaje popular y la razón común, y pueden entre ellos (sin desdeñar del todo las voces de algún profesor que otro y las de los libros de la biblioteca) descubrir con cierta precisión la mentira de las realidades que les venden.
Cierto es que enseguida tratarán de presionarlos desde el Futuro (el examen de Fin de Curso, el Fin de Carrera, y la Colocación, ensayo de la definitiva o funeraria) y de inutilizarlos para nada que no sea la rutina de la enseñanza, las consultas, los bufetes, las industrias de producción de inutilidades; pero no importa: algunos hay siempre que siguen a medio hacer y conformar; y además, cada año vienen otros nuevos, que da lo mismo.
Y cierto que, sobre todo desde aquel pronunciamiento estudiantil de los años 60, que cogió al Estado y Capital tan de sorpresa, han puesto Ellos sus mejores empeños en dispersar las universidades por los suburbios de las metrópolis del mundo, mandándolas donde Cristo dio las tres voces, de manera que, al tiempo que aminoran el peligro de demasiada compañía estudiantil, les cueste además a los estudiantes, igual que a los trabajadores, dos o tres horas diarias de trasporte y de cansancio el juntarse en sus barracones académicos; pero, aun en esas tétricas condiciones, no pueden evitar los Amos que sean esos recintos lugar de encuentro de mucha gente medio despierta a pesar de todo. Siempre hay motivos y aún en tales casos para dejar que siga la Universidad y que en ella se haga, o que en ella pase, lo que menos se piensan los Señores del Futuro.
Os dejo aquí como corolario de regalo esta versión del himno universitario aquel en latín tosco del Gaudeamus en una nueva versión que se hizo por allá por Madrid un buen amigo, para cantarla ahora en coro y más abajo una traducción al vuelo.
NOVUS GAUDEAMUS
1. Gaudeamus igitur ,
iuvenes dum sumus.
Post rebellem iuventutem,
post pacatam senectutem,
nos habebit humus.
2. Vbi sunt qui ante nos
in mundo fuerunt?
Ossa sub terra crepant,
miseri nos increpant,
quod numquam vixerunt.
3. Nos autem iam nolumus
obsequi isti legi,
neque argentum pro labore,
nec laborem pro amore,
neque regere nec regi.
4. Si nescimus forsitan
quae fieri velimus,
at ea quae nos premunt,
at ea quae falsa sunt,
ea satis scimus.
5. Cui prodest ista iam
negotiorum rota,
tot consortia fabricarum,
tot commercia catenarum?
Ipsamet sibi tota!
6. Cui prosunt, quaesumus,
saecla gubernantum,
et imperia militaria
et officia statutaria?
Ipsamet sibi tantum!
7. Pereat ergo Dominus
nummorum et fascium,
et rex qui mortificat
et lex quae iustificat,
et qui colunt mendacium.
8. Pereat Accademia,
pereant professores,
et cathedrae quaelibet
et decani quilibet
simul ac rectores.
9. Sed et scholae pereant
ingeniariorum,
pereat technica fatalis,
pereat scientia venalis,
opium populorum.
10. Vivat liber amor et
fratrum et sororum,
vivat et inmunitas,
libertas, communitas
omnium conservorum.
11. Vivat ars dialectica,
mors religionis;
nam quae ratio construit,
ratio ipsa destruit.
Vivat ius negationis!
12. Vivat vita hominum,
si quid erit tale;
sin minus, vel pereat
et ad umbras transeat
animal rationale.
Y en este latín de ahora más o menos dice:
1. Gocemos ahora que
somos jóvenes.
tras la rebelde juventud
tras la pacata senectud:
¡Todos al ataud!
2. ¿Dónde, si no, están aquellos
que antes de nos
en el mundo estuvieron?
Bajo la tierra crujen sus huesos:
los desgraciados no nos increpan menos;
porque nunca jamás ellos vivieron.
3. Mas las leyes acatar no queremos,
ni tampoco aceptamos
el dinero por trabajos,
ni trabajos por amores,
ni mandar, ni ser mandados.
4. ¡Ay, tal vez no sepamos
qué queremos que se haga!
¡Eso sí, muy bien sabemos
lo que nos oprime y engaña!
Bastante con eso tenemos.
5. ¿A quién aprovecha ya
esta rueda de negocios,
tantos consorcios de empresas,
tantos comercios de cadenas? ¡Todo,
para alimentar esa rueda!
6. ¿A quién aprovechan, preguntamos,
siglos de gobiernos y mandatos,
imperios de oficiales y soldados,
y tanto, tanto estúpido cargo? ¡Todo,
para que no se pare la rueda!
7. Muera el señor por lo tanto,
mueran su dinero y su trono,
y el rey que nos mortifica
y la ley que lo justifica
y los que cultivan la mentira.
8. Muera la Academia,
mueran profesores,
y muera toda cátedra
y los decanos con ella,
sin olvidar los rectores.
9. Y mueran los colegios
de dóciles ingenieros,
muera la técnica fatal,
muera la ciencia venal,
ese opio del pueblo.
10. Viva libre el amor
entre hermanos y hermanas.
Viva siempre y sin cargas,
la libertad y la comunidad
de todos los compañeros de esclavitud.
11. Viva el arte dialéctica,
muerte de la religión;
pues lo que razón construye,
la propia razón lo destruye.
Viva la fuerza de la negación.
12. Viva la vida de las gentes
si tal cosa se diera.
O muera, en caso contrario,
y tráguenselo las tinieblas
a este animal racional.
viernes, 16 de enero de 2009
Para evitar confusiones en el uso del término ‘verdad’
(1) Verdad por todo lo alto es la que reina entre los entes puros o ideales, consistentes en su propia definición: por ejemplo, “En el triángulo, sea cualquiera la razón entre sus lados, la suma de sus tres ángulos es la misma siempre”; “7 >
“ ‘nada’ es lo opuesto a ‘todo’, en cuanto que, operando, no la negación sobre el cuantificador, sino el cuantificador sobre la negación, “todo NO = nada”, “nada NO = todo”, digamos “todo falta” = “nada hay”, “nada falta = “hay todo” (si la gramática permitiera decirlo); o, por ejemplo, supuesto que el sistema fonémico del español estuviese cerrado y quieto, “T : D :: P : B”, “la razón de T a D es la misma que la razón de P a B”; o, en fin, como suma de todas las verdades, “Lo que es lo que es ES lo que es lo que es” y “NO puede ser que lo que es lo que es NO SEA lo que es lo que es”, “A = A”, “~ (A
A)”.
(2) Entre las cosas, o sea, en realidad, verdades son las que suelen entre nosotros pasar como verdades: por ejemplo, “la nieve es blanca”, “lo blanco no es negro”, “lo negro no es azul”, “Fulano tenía 27 vacas”, “lo que pasó fué sencillamente que N se puso delante del tren y el tren lo atropello”, “es el mayordomo el que mató a la marquesa”, “está haciendo frío de veras”, “me duele la cabeza”, “siento mucho el fallecimiento de su esposo”, “la población de España es actualmente de 41.574.058 españoles y el año 2025 habrá alcanzado los
(2a) Debe atenderse aparte al caso de la pura convencionalidad de los Nombres Propios: que Felipe Yanguas es Felipe Yanguas, gracias a que ‘Felipe Yanguas’ no significa absolutamente nada, resulta irrefutable ni comprobable por esperimento alguno, sino que ahí la verdad consiste en la pura ley de su imposición. Es lo que al teólogo medieval le hacía declarar que lo que ni Dios puede hacer es que un Martes no sea Martes.
(3) verdad de verdad, la que no se sabe: no consiste más que en descubrir la no verdad de las realidades, esto es, impedir que las verdades (1) se apliquen a las cosas y sus relaciones (2), como el Poder manda a cada paso que se apliquen: descubre que la existencia no es todo lo que hay y que, en contra de lo que el Poder manda, las posibilidades son sin fin. Las verdades (1) se imponen desde Arriba en (2): la verdad (3) se está continuamente colando en (2) gracias a que las cosas nunca estamos hechas del todo, y así seguimos sensibles a la mentira de las verdades (2); ese sentimiento es lo que razona, diciendo lo que el-pueblo-que-no-existe dice, “NO”, que es la lengua o razón común, que se sabe contradictoria, costituyendo las cosas, por medio de los significados idiomáticos de las palabras, y denunciando y derruyendo la pretensión de su verdad. La negación o refutación de las verdades (1) no puede hacer más que obligar al sistema lógico a corregir sus definiciones y sus reglas; la negación o refutación de las verdades (2) lo que hace es devolvernos a las cosas a la libertad de no ser lo que somos; a la verdad (3) no hay quien pueda negarla o refutarla, ya que, siendo mero des-cubrimiento y negación, la negación de la negación no sería más que el restablecimiento de las verdades (2), como ya de por sí se están restableciendo a cada paso, y la vuelta a la sumisión al Poder y al Fin; o sea, nada nuevo.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
CONTRA EXÁMENES Y PLANES DE ESTUDIOS
Hace ya tiempo que Universidades y Escuelas se han convertido en meros y descarados organismos examinatorios de los súbditos. Su única función real es, hoy más que nunca, esa de asegurarse de que cada uno sabe lo que todos en conjunto tenemos que saber, y conceder en virtud de ello los títulos y salidas a la colocación y promoción de cada Individuo en la escala de jerarquías de la vida. Materias e investigación se vuelven mero pretesto para el cumplimiento de esa función verdadera de las Istituciones. Nos hacen ya desde pequeños continuo objeto de evaluación; siempre con el Alma en la balanza; averiguando cuánto vale uno; viendo su destino cifrado en un número que va a ser el de su aprecio en el Mercado, la promesa de su éxito en éste. Y para eso ¿Qué?: obedecer, trabajar y asimilar. ¿Qué pueden importar desde ese momento las cosas y sus problemas? ¿Qué interés por sí mismos pueden guardar los quehaceres escolares cuando están tan implacablemente sometidos al interés por la valoración y costitución de
El truco es sencillo. Resulta duro llamar a la muerte ‘Muerte’; en cambio cuela mucho mejor llamarla ‘Futuro’ . Pero como no hay más muerte que la futura, todo aquello que se llame Futuro es Muerte, y así se le llama para disimular. Imaginaos entonces la gracia que os están haciendo cuando os dicen que tenéis mucho futuro. Y tenéis mucho Futuro en efecto. Tenéis tanta cantidad de Futuro que no hay tiempo para vivir. No hay tiempo para vivir porque ese tiempo en que a lo mejor podría suceder tal cosa como vivir está enteramente ocupado en la preparación del Futuro de todas esas maneras que sabéis, desde las más conocidas por vosotros, desde que os hacen estar pendientes de un examen, desviviéndoos literalmente para prepararlo. Y no tiene ninguna importancia de qué os examinan. Al Aparato le importa un bledo cuál sea la materia. Lo que importa es que tengáis un programa, un proyecto, un plan, y que tengáis que examinaros, el dia de mañana, a fecha fija. Y cuando llega el final de carrera... más de lo mismo. El Juicio Final es siempre futuro y al punto vendrán otros Ideales a los que sacrificarse y rendir culto, a los que vender lo que de vivible pudiera haber a cambio de seguridad. Así, futurito tras futurito, como si fuesen los parciales, nos va llegando el Futuro definitivo, la muerte verdadera.
Nosotros, por aquí abajo, no sabemos más que lo que nos imponen, y nos gustaría saberlo cada vez mejor. No tenemos nada a cambio porque no sabemos el futuro y queremos saberlo cada vez menos, pero sí sabemos que el cambio continuo es precisamente el truco para que nada nuevo pase (aspiración suma del Poder). No caigamos pues en la trampa de imitarLos, de ir a proponerles a Ellos alternativas y demás monsergas como
martes, 7 de octubre de 2008
LA DESTRUCCIÓN PEDAGÓGICA DEL BACHILLERATO
(para una crítica de la pedagogía dominante)
1. El placer de enseñar. Hoy la poca asistencia de alumnos que va siendo normal en este instituto da lugar a que sólo tenga tres. Son tres chicas, que se han sentado en la primera fila. Dos de ellas son inteligentes. Hace mucho que no había tenido una proporción tan alta de alumnos inteligentes en clase. Y pronto empiezan a hacerse sentir los efectos. Doy una clase sobre la ética de Aristóteles, me centro sobre todo en su tratamiento de la felicidad. Dejo fluir la explicación, como si me limitara a prestar mi voz al filósofo. No hago nada más, las palabras me salen fáciles, quizá porque este fin de semana he estado ocupándome con la Ética Nicomáquea y creo ver claro lo que Aristóteles veía (pero también: es fácil concentrarse con la clase en silencio, es fácil hablar a quien está dispuesto a escuchar). Es, pues, como si la misma ética de Aristóteles fluyera hasta mis alumnos a través de mí; que llega hasta ellos lo veo en sus ojos, ojos que entienden y asienten (porque cuando el que entiende, con la mirada puesta en lo que está entendiendo, mueve la cabeza para asentir, es con los ojos con lo que asiente): sólo porque esos ojos tiran de ella puede fluir como por sí sola (en cambio, si los alumnos no tiran de ella con sus ojos al profesor la explicación se le corta; la enseñanza, cosa de por sí improbable y frágil, necesita de las mejores condiciones posibles). Es, pues, ¿qué trabajo?, un placer dar clase así, no tener que confiar más que en el objeto mismo de la clase y obtener ya el premio de unos ojos que entienden. (Como antes, ¿os acordáis?) Y es que uno puede confiarse en el objeto mismo con sólo que él tenga espacio en el que aparecer, en el que relucir (sí: hay cierto componente de brillo ahí: el de la cosa que aparece en toda su verdad, que se refleja luego en el de los ojos que la captan). Es el espacio transparente del silencio, el de la pizarra en blanco, el de las mentes que, ociosas, no sometidas aún a la esclavitud del trabajo, no se distraen pensando en calificaciones ni en títulos ni en deseos de papá (skholé, de donde "escuela", era, en efecto, ocio). Espacio que también es una cierta limpieza (porque el silencio, la pizarra en blanco, las mentes no impedidas con cosas que no vienen al caso, todo eso es limpieza). Es, pues, un placer dar clase en la limpieza y el espacio que dejan aparecer el objeto, porque así la enseñanza se produce por sí sola. Pero lo bueno es que con eso no estamos describiendo un tipo de enseñanza excelso, no estamos hablando del placer de enseñar en unas condiciones especialmente favorables, no: estamos hablando pura y simplemente del placer de enseñar. Pues "enseñar" no se dice así por casualidad, sino porque realmente consiste en mostrar, y ello implica ya ese "por sí solo": se trata sencillamente de "mostrar" el objeto como él es, de "dejarlo" aparecer; sólo hay que cuidar de que el objeto disponga de espacio y transparencia para aparecer, pues es él quien aparece. Por eso es de suyo tan fácil y placentero. Por eso a los matemáticos les gusta enseñar matemáticas, y a los hitoriadores enseñar historia, y a los dibujantes enseñar dibujo: como al enamorado hablar de su amor.
Sin embargo muchas veces hemos tenido que oir, los matemáticos, historiadores, dibujantes que damos clase en los institutos, que "no nos gusta la enseñanza". ¿Puede ser eso? Más bien lo que no nos gusta es el trabajo actual en los institutos. No sólo que no nos guste, es que, ciertamente, al vernos ante una pizarra (a veces para más inri en blanco), con tiza dispuesta, delante de hileras de alumnos sentados..., nos hacemos la ilusión de que esto va de enseñanza y que vamos a enseñar (o, más exactamente, como los internos de Auschwitz cuando soñaban con comida: ¡que sí, que ahora va en serio, que esta vez sí que vamos a poder!), pero, no bien empezamos una clase, descubrimos que no entienden la explicación, que no saben tomar apuntes, que nos dan la espalda para hablar con el compañero, que bostezan, que nadie nos hace caso, que sólo de ver sus caras se nos corta la explicación y ya ni nosotros entendemos el objeto que supuestamente había que enseñar, que nos tenemos que callar: no es, pues, que no nos guste enseñar, sino algo mucho peor: es que, para aquél a quien le guste enseñar, se trata de una tortura refinada, de un suplicio de Tántalo: unas condiciones que parecen evocar la enseñanza..., y en las que el más mínimo asomo de enseñanza es rigurosamente imposible.
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Enseñar, pues, es de suyo fácil y placentero. Pero los burócratas no podían permitir que esa enseñanza fácil y placentera fuera posible más que marginal y excepcionalmente. Quizá porque la burocracia esté esencialmente marcada por la sumisión a la ley del trabajo, ellos no podían dejar respirar un quehacer que demasiado claramente mostraba que era placer, o arte, pero no trabajo. Y así, dicen que eso no tiene mérito, enseñar a alumnos inteligentes, que entonces la enseñanza no sería trabajo. Que no tiene mérito enseñar a alumnos "ya motivados" (que es la especie bajo la cual aparece la mente limpia a la zafia pedagogía actual, incapaz en su burricie de entender que pueda uno moverse de otro modo que tras una zanahoria), sino que (merced a complicadas técnicas de abstruso nombre trabajosamente mascadas y aprendidas en cursillos impartidos a propósito por pedorros sacerdotes de la pedagogía) hay que tomarse el trabajo de motivarlos. Que no tiene mérito enseñar a alumnos con buena base, sino que hay que bajar al cenagal en el que chapotean los alumnos, arrojados por la sociedad a la basura, que no saben tomar apuntes, ni distinguir un sustantivo de un verbo, ni separar las palabras al escribir, que quizá no saben ni leer. Pues bien: ante tal cúmulo de testimonios habremos de reconocer que no, que quizá no tenga mérito, del mismo modo que quizá no tenga mérito practicar una operación quirúrgica en la asepsia del quirófano, cuando todo el mundo sabe que lo verdaderamente meritorio es realizarla en medio de un estercolero con instrumental oxidado. Ciertamente en esas condiciones los enfermos mueren, pero lo importante es que el médico se suda bien su sueldo y trabaja, y aprende también él lo que vale un peine. Ciertamente así se consigue que los profesores trabajen como condenados a galeras, o por lo menos aborrezcan su trabajo.
Es la obsesión actual: que la enseñanza sea a toda costa un trabajo. Y ciertamente, cuando se exige que todos los profesores de un mismo departamento sigan la misma programación, cuando se les hace explicar tanto lo que saben como lo que no saben, se empieza a conseguir que lo sea: que deje de ser un placer. El paso siguiente es la desconfianza hacia los profesores, como suponiéndoles una voluntad de escaqueo (generalización del firmero). Pero ¿es lícito dar por descontada la tendencia al escaqueo en una actividad esencialmente placentera?
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Es la enseñanza como remedio barato de carencias económicas y sanitarias. En cuanto se ha logrado, a base de droga y de paro y de chabolas, que un niño sea ya incapaz de aprender nada, se le envia al instituto a hacer la ESO. ¿Que con ello de paso se destruye el instituto?: ¿qué más da? Como dicen los maestros progres hablando de los profesores de bachillerato: ¡así aprenderán esos señoritos! Pero es que, aparte de dar su merecido a esos señoritos elitistas, se consigue algo de mucho mayor alcance: por un lado se asegura el mantenimiento de las diferencias de clase, pues la pretendida función de promoción social no la puede cumplir un instituto que en efecto está literalmente destruido (con lo que puede decirse que el sistema condena a esos alumnos a no saber jamás leer ni escribir por el sistema de mandarlos a hacer la ESO), pero por otro lado se obtiene una justificación ideológica "progre" y "democrática" al hacer pasar ese mantenimiento de diferencias de clase por promoción de las clases populares.
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ESO: Secundaria obligatoria: contradicción en los términos.
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2. Olvidar a Piaget.
Enseñar es dejar aparecer los dioses que hay en las cosas. Como a veces se argumenta que la enseñanza debe guiarse por la pedagogía y perfeccionar su técnica basándose en los avances de la ciencia, tal vez sea de alguna utilidad, dado que enseñar es en gran medida hablar, examinar el caso del habla: ¿qué relación tiene ahí la práctica con la ciencia, el habla con la gramática? Supongamos que llamo a la puerta de un despacho y oigo que me dicen "la puerta está abierta". Pues bien: si tomo esas palabras de modo natural, no percibiré en ellas una sarta de fonemas que merced a una complicada serie de reglas logran vehicular unos cuantos lexemas y morfemas, articularse en sintagmas y transmitir un significado; lo que percibiré en esas palabras es sencilla e inmediatamente lo que me están diciendo: que la puerta está abierta, o, más exactamente, que pase; si, al contrario, me ocupara en atender a los fonemas, a los morfemas o a las reglas que la frase pone en juego, de lo que ciertamente sería incapaz es de reparar en que me están diciendo que pase, que no me quede ahí pasmado en el pasillo. Percibir esas palabras como objetos de conocimiento científico me conduciría a ser incapaz de tomarlas como vienen, a quedarme bloqueado, poco menos que catatónico. El fenómeno es análogo a lo que sucede si alguien que mira hacia la calle desde detrás de un cristal focaliza su mirada sobre él: con ello habrá logrado neutralizar artificialmente su transparencia, opacificarlo, pues lo que de ese modo ciertamente no conseguirá es enterarse de lo que pasa en la calle. Es ciertamente una tautología que adoptar hacia algo una actitud científica es tratar ese algo como un objeto, como una cosa, y por lo tanto como algo "opaco". Lo que ya no es tautología es que hay "cosas" que por su propia naturaleza son transparentes, son no-cosas. Las palabras son una de ellas; por ello la actitud científica no puede por menos de radicalmente falsearlas; sólo la actitud natural, la del hombre corriente, las toma como lo que son. Pues es una constatación elemental que hablar todos sabemos. Así, toda persona normal puesta en la situación a que nos referíamos al principio, aunque se trate de un lingüista, tomará ante la frase "la puerta está abierta", la actitud del hombre corriente (la percibirá como transparente) y entrará en el despacho. Y es que hablamos bien cuando no pensamos en las palabras, sino en las cosas; cuando con las palabras pensamos en las cosas. Ciertamente ello no supone que la lingüística no sea una disciplina enormemente valiosa ni que sea inútil. Lo que sí supone es que la lingüística no es útil para decir a los hablantes cómo tienen que hablar. Y, por cierto, si puede ser útil para diseñar métodos de idiomas y máquinas de traducir es precisamente por tomar como objeto y como pauta el habla del hablante, exactamente igual que la entomología se rige por el insecto y no el insecto por la entomología.
Pues bien: el caso de la enseñanza es en gran parte reductible al del habla. Sea, pongamos por caso, una clase sobre los helechos. Los alumnos no saben nada de helechos; el profesor sí -que para eso es biólogo-: su función consiste en lograr que los alumnos sepan, por elementalmente que sea, qué son y cómo son y viven y se reproducen los helechos. En esquema: el profesor, como decían los griegos, "ha visto" ya los helechos; los alumnos no; la tarea del profesor consiste en mostrárselos de modo que al final del proceso pueda decirse que también los alumnos de algún modo los han visto, los conocen. Y de ahí que al proceso se le llame, desde el lado del profesor, enseñanza. Enseñar algo es mostrarlo, dejarlo aparecer. La tarea de nuestro profesor es, pues, la de dejar aparecer ante los alumnos los fenómenos más relevantes de la vida de los helechos -dejar aparecer: algo que por su propia naturaleza es "transparencia"-. ¿En qué otro lugar estará, pues, fijada su mirada y su atención que en esos helechos cuyas complicaciones -fases haploide y diploide, anteridios, arquegonios..., pero "en todas partes hay dioses", como decía Aristóteles en una ocasión similar, queriendo decir que nada, ni los helechos, es trivial ni tonto, que en todas partes hay algo sorprendente e inquietante, algo que se ofrece y a la vez se sustrae- hoy le ha tocado mostrar a sus alumnos de Bachillerato? Sólo si él mismo tiene su mirada puesta en esas extrañas plantas sin flores logrará inducir en sus alumnos una mirada semejante, sólo por estar él prendido, un poco como enamorado de ellas, logrará también prender de ellas a sus alumnos. Y sólo podrá haber de verdad aprendizaje (y no currículum), esto es, interés por el objeto, ilusión genuina por la cosa, cuando de verdad esté nuestro biólogo, él el primero, y a pesar de que teóricamente esas plantas le son familiares, siempre un punto sorprendido y maravillado por esos dioses que también en ellas hay. Si en ese trance, en cambio, preocupado por "perfeccionar su técnica basándose en los avances de la ciencia", se pusiera nuestro biólogo a pensar en si se encuentra en el segundo o en el tercer nivel de concreción, es discutible que pudiera, no ya ver ningún dios, sino simplemente mantener en orden la estructura de su tema. Pues con ello no haría otra cosa, de nuevo, que opacificar algo que por su propia naturaleza era transparente. Complicar lo que era sencillo.
No significa ello que nuestro biólogo esté, cuando da su clase como bien su sentido común le dicta, dando una clase "de cualquier manera". Todo lo contrario: del mismo modo que el hablante que habla sin preocuparse de gramáticas no por ello viola ninguna regla gramatical, sino que, al revés, la lingüística va a buscar las leyes gramaticales en el hablante, y por cierto en el hablante que no sabe gramática, así debería la pedagogía, si fuera honesta, estudiar el comportamiento docente de nuestro biólogo, no para darle consejos ni venirle con monsergas, sino para aprender de él las leyes de la enseñanza.
Olvidar a Piaget. A veces se argumenta, dando la razón a la pedagogía dominante, que la enseñanza, como toda técnica, debe guiarse por la correspondiente ciencia. ¿Qué diríamos -se argumenta- de un médico que despreciara los hallazgos del bioquímico porque "ese señor en su vida ha visto un paciente"? ¿Y de un albañil que ignorara los cálculos del arquitecto porque "ese señor nunca ha puesto un ladrillo"? Respuesta: diríamos, efectivamente, que son un mal médico y un mal albañil. Lo que pasa es que el caso de la enseñanza tal vez no sea homologable, pues, a diferencia de la medicina y de la construcción de edificios, a lo mejor resulta que no se trata ya de una disciplina técnica, sino simple y directamente de lo que podríamos llamar una actividad humana, como el amor y el habla. Y esas cosas no admiten especialización técnica. Por eso ante un presunto amante profesional no hablamos ya de amor, sino de prostitución, que como mucho sería una perversión del amor. Y si al que pretende convertirse en un profesional del habla no le negamos de entrada el título de hablante, no por eso es menos claro también en ese caso el carácter de perversión. Pues ¿qué sería un hablante profesional? Alguien que fuera capaz de "hablar bien" únicamente merced a su dominio de las "técnicas del lenguaje", esto es, sin necesidad de entender de aquello de lo que está hablando. Resulta así esa otra perversión, esa suerte de prostitución del lenguaje, que entre los griegos se llamó sofística. Los dos casos tienen, en efecto, la misma estructura: si el sofista puede prescindir del objeto de su decir es porque ha hecho del propio decir un objeto, algo que, como un arma, tiene efectos sobre el público, pero que, en su opacidad de objeto, no transparenta ya las cosas ni remite a fuera de sí ; si el amante profesional puede desentenderse del objeto de su amor es precisamente por haber hecho del propio amor mercancía y objeto, algo que por no remitir ya a nada es tan opaco e intransitivo como la palabra del sofista. Uno y otro destruyen lo esencial del amor y del lenguaje por hacer técnica de lo que es simple actividad humana, por tratar como cosa (susceptible por lo tanto de conocimiento sustantivo y especializado) algo que es esencialmente no-cosa, pura transparencia, puro "remitir a...".
Y aquello que vale para el lenguaje y para el amor, ¿cómo no iría a valer para una actividad que consiste esencialmente en hablar y que, cuando funciona bien, está siempre teñida de amor? En el diálogo platónico Crátilo se caracteriza la palabra como un instrumento enseñativo (didaskalikón) de la cosa: la palabra nos enseña, nos muestra a su través la cosa. Merced a esa transparencia se rehúsa como objeto de aprendizaje técnico: la palabra no es ningún objeto que quepa aprender porque en ella lo único aprendible es la cosa. Y menos aún la palabra docente, porque es en ella donde genuinamente de lo que se trata es de enseñar, esto es, de mostrar la cosa. Por eso la mejor enseñanza es la que de puro transparente pasa desapercibida, y al alumno le parece que no hay allí una lección sobre las plantas dicotiledóneas, sino que ellas mismas están presentes en persona.
Hay herpetólogos que estudian la digestión de los caimanes. Aprenden de ellos, de los caimanes, sin pretender enseñarles nada. Pues bien: investiguen los psicólogos los mecanismos de la enseñanza, si los hay, atentos a cómo enseñan los que saben la materia, pero si pretenden obligarnos a aplicar en la enseñanza los resultados de sus investigaciones, mandémoslos a paseo. Como mandamos al académico que nos quiere legislar el habla. Como lo hace el caimán con quien pretende enseñarle a digerir.
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3. Pedagogía moderna. Ahora (o al menos hace no muchos años) los niños tardan en aprender a multiplicar porque les enseñan, no que 2×7 = 14, sino que 2×7 = 2+2+2+2+2+2+2 = 14. Hace un poco más, pero también como efecto de alguna consigna de la pedagogía moderna (que las cambia, al parecer, con harta frecuencia), tardaban en aprender a sumar porque les calentaban primero la cabeza con el concepto de conjunto. Es una confusión propia de una disciplina adolescente, que aún no conoce sus limitaciones: la creencia de que el orden que rige entre los conceptos en sí mismos ha de regir también en su aprendizaje. O lo que en el fondo es lo mismo: que para que un concepto se capte hay que enseñarlo explícita y temáticamente (como si los niños no hubieran estado desde siempre aprendiendo el concepto de conjunto al aprender a contar). El exceso de teoría al principio imposibilita el único aprendizaje que sería entonces posible, el del simple manejo. Y cuando llega la edad del aprendizaje analítico y abstracto ya no hay manera, porque para eso haría falta que hubiera precedido aquel conocimiento por simple manejo que nunca existió.
Es éste un caso modélico de cómo un poco de conocimiento es incalculablemente más dañino que la simple ignorancia: como antes los maestros no habían estudiado psicología, no teniendo de la mente del niño modelos teóricos habían de fiarse de lo único que en estas cosas no falla nunca, la experiencia; como ahora han estudiado pedagogía y psicología, me lo marean, por ejemplo, hablándole de conjuntos. Lo que un pedagogo de éstos jamás comprenderá es que las cosas verdaderamente básicas e importantes son a fuerza de sencillas muy difíciles de explicar, por lo que han de aprenderse sin explicación.
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Por eso, porque lo verdaderamente importante es a fuer de sencillo muy difícil de explicar, es por lo que la ética no se puede enseñar en el Bachillerato.
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4. Enseñanza ideológica. Leo en el País una carta al director de unos alumnos de 4º de ESO de la asignatura de "medios de comunicación" que protestan de la poca presencia de mujeres en las páginas del periódico. Al parecer, pues, la ñoñería que se han atizao, que no desdeciría de unos políticos políticamente correctos, la han aprendido en las clases de "medios de comunicación". Pero, bueno: ¿cómo puede hacerse asignatura de algo de lo que, por caer inevitablemente dentro de lo social y lo humano, no hay saber positivo, no hay ciencia (pues la única "ciencia" posible es del estilo de la que en estas páginas estamos ejerciendo)? Es urgente desideologizar la enseñanza, y lo más urgente de todo tal vez eliminar de ella las presuntas "ciencias sociales" y todo lo que de ellas cuelga.
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5. Sobre la importancia de lo adventicio en los libros de texto modernos. El libro se titula, por ejemplo, Matemáticas. ESO 1. 1er Ciclo y al abrirlo por la primera página un índice nos informa de que no se divide en partes sino en "bloques", ni tiene lecciones sino "unidades didácticas" (como en la mili: "el abuelo no entra, el abuelo se introduce"). Sin atender a esas provocaciones pasamos hoja en busca de la primera lección, pero ¿la encontramos? Nanay, lo que encontramos es una doble página desperdiciada en el título del primer "bloque". Sobre un fondo de diseño a base de motivos deportivos en silueta (un tenista por aquí, una gimnasta rítmica por allá), coloreado todo él, como si estuviéramos en la camiseta de una selección nacional de fútbol, hallamos en letras muy grandes el epígrafe "Números y estadística". ¿Cómo un epígrafe puede necesitar una doble página? Es que han puesto más cosas: han puesto también cuatro recuadros, tres de ellos con foto a todo color incorporada, sobre tres temas de historia: "el ábaco", "las máquinas de cálculo" y "los ordenadores" y el cuarto, sin foto pero inclinado, sobre el "sistema de numeración en base 2". ¿Qué falta hacía eso ahí? ¿Se trataba de motivar? ¿O sólo de hinchar a bombo y platillo el comienzo del "bloque"? En la página de la derecha aparecen pintadas las puntas de dos lápices de colores, como metiéndose en ella desde fuera. En resumen: llevamos ya tres páginas, un cuadro sinóptico, cuatro recuadros, tres fotos y dos lápices adventicios y aún no hemos entrado en materia. ¿Lo lograremos en la página siguiente? La cosa promete, porque lleva el epígrafe de la primera lección: "1 Números naturales y operaciones". ¡A ver, a ver, por fin vamos a aprender algo! Pero no hay caso, que decía Mafalda: ahora nos salen tres recuadros con los epígrafes-monserga "Recuerda lo que sabes", "En esta unidad estudiarás" y "Al final, serás capaz de", más otros que más bien son salchichas sobre fondos de tres colores y en el ángulo superior izquierdo un horrendo monigote que debe de ser el tatuaje, mascota o logotipo. ¿Cuándo llegarán las matemáticas? -Pero, ¡bueno!, ¿de qué nos extrañamos? ¿No nos habíamos dado cuenta de que estábamos viendo la tele? De ahí el fondo de diseño: es el horror al vacío que campea por todo lo audiovisual (el horror y el vacío); hay fondo de diseño por lo mismo que hay vídeos en los autocares y hilo musical en los andenes de metro por más que no se necesiten para nada ni en un sitio ni en el otro. Y así como en la tele, si uno quiere ver una película, le hacen chupar primero veinte minutos de publicidad, así también aquí para llegar a la lección hay que tragarse primero los anuncios. Haiga pacencia, que todo llegará. Pero a la manera audiovisual. Bien pringado y revuelto entre la basura.
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6. Especialistas en tí. Antes un libro de texto de biología ("Lección 2: La célula") era antes que nada un libro de biología. Y la biología se puede aprender. Además, tratando al lector de usted, le despertaba por la materia un respeto que sólo podía ser benéfico. El resultado era que el alumno aprendía biología. Los libros de hoy, no es ya que clavan al lector en su papel de niño que sólo sabe hacer niñadas ("¡Qué diver!", "¡Cómo mola!"), sino que, hechos unos vulgares "especialistas en tí" ("Unidad didáctica número 2: En esta unidad aprenderás..."), no son ya libros de biología, sino libros de aprendizaje de la biología. Pero sucede que -"no aséis lo que está cocido", que decía Machado, o también:
De un Arte de Bien Comer,
primera lección:
no has de coger la cuchara
con el tenedor.-,
el aprendizaje no se puede aprender. Hace años lo dejó dicho Rafael Sánchez Ferlosio y nadie le ha hecho caso: Narciso que se ocupa de su propio aprendizaje, al alumno no le queda atención para el eventual objeto de ese aprendizaje, única cosa que lo haría posible.
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7. Pedagogía progre. ¿Aprender a aprender? Pero, ¿cómo voy a aprender nada si aún no sé aprender? Es exactamente aquella imposibilidad del movimiento que demostraba Zenón de Elea: no puedo ir de A a B porque antes tendría que pasar por C, pero para llegar a C antes tendría que pasar por D, pero para llegar a D..., etcétera. Aquel regresivo irse quedando clavado en el punto de partida es para nuestros pedagogos lo más moderno y progre que hay.
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8. "Humanidades". Que se limita el refuerzo de "las humanidades" en la enseñanza media, leo en la prensa. Pues bien: con un nombre tan cursi ya me da lo mismo, por mí que las refuercen o las debiliten, que se las metan donde les quepa. Y no son meras cuestiones de palabras, porque, como diría el otro, las cuestiones de palabras nunca son meras. Por ejemplo, de cómo llamemos a las cosas depende lo que pretendamos hacer con ellas. Humanidades: ¿por qué, por de pronto, el plural? ¿por qué ese pudibundo abstracto en "dad"? Como quien dice: "manualidades": algo inofensivo y pequeñito, de vocación decorativa. La ilustración sensible de algo así es una muchachita de hacia 1900, vestida de blanco y cubierta de lacitos, tocando el piano: la princesa está triste. Pues no señor: ahora ya no son sólo solteronas de oscuras golondrinas, maestrillos pedantes y fofos académicos putrefactos, ahora los que piden más "humanidades" son representantes sindicales.
Toda esta discusión en torno a las humanidades en la enseñanza media está, pues, radicalmente trucada: se discute algo muy accidental, si se dan dos horas más o tres horas menos de latín o griego o de literatura o filosofía, y con esa discusión se desvía de paso la atención de lo importante: por de pronto qué deben ser el latín, el griego, la literatura y la filosofía. ¿Deben ser "humanidades"? ¿El piano de la niña bien mientras espera pretendiente? Porque si es así la posible gracia del asunto se ha desvanecido. En el fondo lo más grave que hace esa palabra está ya en la simple designación. Están ahí el latín y el griego y la historia y la literatura y la filosofía, es decir, un montón de cosas que nadie sabe muy bien para qué sirven y cuya gracia muy posiblemente esté en eso, porque algo que nadie sabe para qué sirve no puede sino inquietar, y ahí llega la etiqueta: "humanidades". Ya está: ya podemos dormir tranquilos: ¿griego?, ¿filosofía?, ¿historia? Simplemente era ¡La Humanidad! ¡La Cultura! ¡La Fascinante Aventura Humana! ¡Selecciones del Reader's Digest!, ¡Port Aventura!, ¡Walt Disney!
¿Qué deben ser, pues, el griego y la filosofía? La única respuesta honesta es dejarlos ser lo que quieran, lo que ellos de entrada ya son, sin pretender justificarlos con nada: griego a palo seco y filosofía pura y dura. Sólo así, presentándose como lo que son, pueden tener la suficiente fuerza para que alguien pueda aún jugar con ellos, perderse en ellos. Porque afortunadamente aún no se ha demostrado que sirvan para nada.
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9. Motivación. Uno estudia griego no sabe muy bien por qué. Porque algo le gustará, se supone. Uno se extravía por la selva de sus verbos, se interna por sus autores, ve cómo Apolo desbarata el foso de los aqueos. Y luego vuelve uno a la vida normal. Y es posible que, a la vuelta, a algunas palabras corrientes, como efecto colateral de tantos trabajos de amor perdidos, les descubra ahora, de pronto, resonancias que antes no tenían: eso de "yermo", ¿no es éremos?, y "austero", ¿no es austerós? Y en esos descubrimientos hay alegre ligereza.
Pero hoy el compañero de griego del instituto donde trabajo como profesor de filosofía me ha preguntado qué quiere decir "tautología". Al improvisar yo una respuesta me dice él: "Bueno, con otras palabras, algo así les he dicho yo a los alumnos". O sea, que ha tenido que hablar de lo que no sabe como si supiera. O sea, que les ha engañado. ¿De dónde procede ese engaño?
Los libros de texto actuales parecen escritos por masoquistas incapaces de explicar nada por sí mismo, ya sea porque odien su materia o porque se avergüencen de ella: son libros cargados de materiales advenedizos, cuya única función es "dorar la píldora", sea por la vía de mostrar para los materiales genuinos alguna utilidad o por la de presentar jueguecitos que los hagan "más diver". En este común destino a los de griego les ha tocado la etimología: se parte de la base de que a los alumnos no les interesan las palabras griegas y se les dice que "geología" significa "explicación de la tierra" porque gê significa "tierra" y lógos significa "explicación". Ante lo cual cualquiera que les tenga algo de cariño a las palabras se dice: ¡pero qué culpa tendrán gê y lógos de todo esto! ¡La profunda e impenetrable gê, que a veces se confunde con la noche, la tierra pouluboteíre, condenada a ser ésa misma de la que hablan los tratados de geología! Y del lógos para qué hablar. La etimología opera, pues, un aplanamiento: de una disciplina difícil, que podía saberse o no saberse, pero que si se tenía la suerte de entrar en ella era un bosque sagrado en el que perderse, hace un parque temático en el que ya no tiene sentido saber ni no saber, porque sólo hay una colección de pegatinas consabidas ("tierra es geo y ciencia es logía"). Y dado que la diversión programada en esa disneylandia es sólo la otra cara del aburrimiento, ahora sí que la misión motivadora está cumplida: ahora sí que el aburrimiento está garantizado. So pretexto de despertar el interés del alumno, se le ha escamoteado la posibilidad de perderse en el bosque .
El profesor de griego que se traga la pretendida utilidad didáctica de la etimología defiende una causa perdida, pues ha de hacer como si la historia de las palabras coincidiera con su significado, cuando eso merced a los mil avatares empíricos, si sucede, sólo sucede por casualidad. Y así aquel compañero mío tenía que explicar lo que era una tautología sin estar seguro de saberlo él. Pero bueno, ¿es que un profesor de griego tiene que saber qué significan todos los términos modernos de derivación griega? La respuesta estaba clara hasta que llegó la pedagogía actual, que todo lo enturbia: como decía aquella concursante televisiva sobre el tema "Velázquez" a la que preguntaron por un billete de lotería dedicado a ese pintor: "¿Acaso tengo yo que saber cuántas cafeterías hay en la calle de Velázquez?".
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10. La verdad de la pedagogía lúdica. Cuanto más se les llena la boca con lo "lúdico" más laboralistas son. Pues sólo motivan a sus alumnos porque toda empresa capitalista tiene que incentivar a sus trabajadores.
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11. Un soplo de muerte en el aula. Comienzo de curso en cualquier instituto de enseñanza secundaria. El director de la casa o el tutor de la clase habla a los alumnos: "Porque también vosotros venís aquí a hacer un trabajo...", y les habla del futuro y de puestos de trabajo, no de Mendel ni de Gay-Lussac ni del aoristo ni la metáfora, que son tontadas de niños, y los alumnos se sienten importantes como hombres de negocios y notan una vaga tristeza, como si les rompieran un juguete...
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12. Bizquera. A la etiqueta de "humanidades" que el poder aplica a ciertas materias corresponde, cuando se trata de matemáticas, la de "disciplinas instrumentales". Ciertamente, la matemática es el instrumento por excelencia de las ciencias naturales, sobre las que toda la técnica se levanta. Pero ya no está tan claro que sea ése el punto de vista que debe primar en la enseñanza. ¿Por qué mirar a las matemáticas bizcamente, con un ojo puesto en ellas y otro en lo que ellas son... para el físico y el ingeniero? ¿O no es claro que para enseñarlas, o sea mostrarlas, hay que mirarlas como las mira quien de verdad las conoce y las ama, que es el matemático? Y para él no son el instrumento, sino el fin, el juego, la cosa misma.
Se ve, pues, el truco: considerar toda materia al servicio de otra cosa, subordinada a otra cosa (la Formación de Ciudadanos Concienciados, la aplicabilidad científica, la utilidad técnica). Siempre mercenaria, nunca estudiable por sí misma, ¿es extraño que los alumnos no le vean la más mínima gracia?
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13. Crédito de síntesis. Un rasgo del discurso pedagógico actual es la búsqueda y promoción de la cohesión: que el alumno no se limite a acumular piezas sueltas, sino que capte lo que haya de aprender como un todo. De ahí el interés en armonizar unas asignaturas con otras, de ahí la aparición del "crédito de síntesis". A primera vista nada podría ser más positivo. Y sin embargo... No siendo cada profesor entendido más que en su propio campo, ¿sobre qué base habrá de hacerse la cohesión de unos campos con otros? Parece que no sobre el saber, sino sobre ideas acríticamente recibidas, prejuicios, ideología (ver punto 4). Si nunca es de descartar del todo que un día a un profesor, por estraño favor del cielo, se le ocurra algún pensamiento vivo, ya mucho más difícil de creer es que todo un equipo de profesores vaya a verse iluminado, así en plan Pentecostés con llamitas encima de las cabezas, por el advenimiento de la Divina Gracia. Cuantas más actuaciones docentes hayamos de consensuar y más nos hayamos de poner de acuerdo unos con otros, más asegurado estará algo que parece inseparable del compromiso: la mediocridad, el aburrimiento. ¿No será que a eso va tanta monserga con la cohesión y la interdisciplinariedad, que de eso se trata, de garantizar el aburrimiento?
A una profesora de música que para un crédito de síntesis presentaba un trabajo sobre la visión de la naturaleza en la música romántica le sugería un compañero, consensuador de síntesis: "¿Y no puedes encontrar también en la música la lucha entre burguesía y proletariado?". "También": todo ha de ser igual: vista una cosa, vistas todas. Un mismo rollo consabido. Engullimiento de toda posible sorpresa por el consenso de profesionales a veces hasta políticamente correctos. Que ninguna disciplina perturbe el orden, que nada inquiete, que todo sea un mismo chiclé ñoño y mascadito y modorro.
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14. Lo que no cabe programar. Dentro de los programas de enseñanza secundaria hay ahora, según se ve, un tipo de asignatura que se llama "trabajo de investigación". Pero sucede que investigar, como desear, como amar, como jugar, como pasárselo bien, es algo que por definición no puede figurar en un programa, que no se puede programar. De modo que al programarlo lo que hemos conseguido ha sido matarlo antes de que nazca. El provecho es claro, pues la investigación verdadera, movida por el deseo y el placer, es siempre descubridora, y por eso mismo también peligrosa. Se trata, pues, de matarla antes de que nazca. Pero lo triste es que no ha sido ése el razonamiento, sino al revés: el pedagogo o el político que ha programado el "trabajo de investigación" quería de verdad favorecer la investigación y, como dicen, la creatividad. Su idea era bienintencionada. Idiota, pero bienintencionada.
Por cierto, algo muy parecido se puede decir de la asignatura de filosofía. Recuérdese lo que decíamos antes acerca del "ver dioses". Pues bien: si eso vale para todas las asignaturas es porque todas tienen, si se enseñan bien, algún rasgo filosófico: la filosofía, pues, no es que lo tenga: es que fuera de eso no es nada. De ahí que sea una materia sumamente frágil e improbable y, como tal, le sea extremadamente difícil resistir sin desnaturalizarse ningún plan de estudio, sobre todo si, como sucede con los actuales, en él se quiere decidir lo que se va a hacer en el aula sin dejar apenas al profesor posibilidades de maniobra: la filosofía decidida burocráticamente. Por eso en el sistema educativo que de los actuales más ha tenido que ver, por historia, con la filosofía, que es el alemán, no hay en el bachillerato filosofía como asignatura obligatoria, sino que, cuando la hay, es sólo porque (aprovechando que allí no cabe la posibilidad de licenciarse "sólo" en filosofía) un profesor de otra asignatura (de lengua alemana, o de historia, o de griego, o de matemáticas) que sea también licenciado en filosofía decide un año ofrecer a sus alumnos la asignatura de filosofía. Y entonces puede darla según su criterio, y nadie le va a apagar los dioses que vea porque "no estaban en el programa". Los licenciados que tan ardientemente defienden aquí una filosofía obligatoria lo que de verdad defienden son sus puestos de trabajo, lo cual por otra parte es comprensible.
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15. ¿Quién manda en los institutos? Los institutos de enseñanza media están hechos para enseñar; quienes saben enseñar son los profesores (ver punto 2); luego en los institutos son los profesores quienes deben mandar. Muy bien, pero eso es sólo una impotente declaración de deseos. No es que individuos que ejercen de profesores no lleguen a poseer una enorme capacidad de mangoneo. Una profesora puede hacer del feminismo -variedad agresiva- objeto obsesivo de su actividad docente hasta provocar entre sus alumnos tal malestar que acaben negándose a entrar en sus clases: no por ello se actuará contra ella, pues, merced a su bandera de feminista, contará con el acoquinado apoyo de la Junta Directiva, que le dará carta blanca para cometer todos los desmanes que el servicio a su solidaria causa le dicte -y cualquier padre tragará que, si los alumnos no aceptan a la feminista en cuestión es sencillamente que son "machistas"-. Pero, ¿significa eso que en los institutos manden los profesores? Pensemos en lo que sucede cuando análogo revuelo entre los alumnos viene provocado por un acto estrictamente docente (un examen "demasiado difícil", por ejemplo): sin falta la Junta Directiva, siempre comprensiva con los alumnos que protestan, es decir, con sus padres, llamará al profesor al orden. El que actúa simplemente como profesor, sin revestirse con el aura del servicio a más excelsas causas (feminismo, antirracismo, nacionalismo, ilustración sexual, fiesta por la fiesta o lo que sea) carece del requisito indispensable para obtener apoyo institucional. Parece, pues, que en los institutos ya no mandan los profesores. Mandan los ideólogos (ver punto 4). ¿Hemos de extrañarnos de que en ellos ya nadie aprenda nada?
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16. La enseñanza en la época psicologista. Pero, ¿cómo iban a aprender si, tratándose del aprender humano (no del de un ratón al que un psicólogo "motiva" para que "aprenda" a pulsar una palanca: ver punto 18), es elemental que un objeto no aprende? Nunca como hoy, que tanto se habla de "escuela activa", han sido los alumnos menos sujeto y más objeto: objeto de la observación de sus profesores, objeto de la charla de los psicólogos, objeto del mangoneo de sus padres cabe profesores y "tutores". Pues, ¿qué es eso de sujeto y objeto? Un objeto es antes que nada algo de lo que se habla, algo definido, un ente dotado de propiedades, determinado por ellas, condenado a ellas. Un sujeto, en cambio, es antes que nada un agente, y un agente no puede, en cuanto tal, permitirse tener propiedades: las eventuales propiedades que quisiéramos adjudicarle serían inmediatamente desdichas por sus actos -o el pretendido agente no era tal-. Pues bien: nuestras aulas están hoy pobladas de "tímidos", "hiperactivos", "anoréxicos", "hipocondriacos", "distraídos", "orgullosos", "depresivos", "inestables": individuos clavados cada uno a su correspondiente definición y caracterización: objetos. Diríase que escuelas e institutos, habiendo perdido la confianza en su función propia, han tomado prestado el punto de vista de las instituciones sanitarias y han reservado el puesto de honor para el psicólogo. Así, el discurso psicológico, tematizador del alumno y de sus problemas y capacidades -"especialistas en tí"-, ahoga cada día más al genuíno discurso docente, que tematiza los contenidos a enseñar . El alumno, que debía funcionar como puro sujeto, como ojo que, él mismo transparente, permaneciera abierto a los objetos que el maestro ante él despliega, ha adquirido así, al cargarse de propiedades, la consistencia de una cosa y se ha vuelto opaco, cerrado ya a cualquier percepción y aprendizaje.
Pero con el psicólogo han entrado en la institución escolar los papás: discurso psicológico y discurso familiar se apoyan mutuamente, entronizados ambos por una misma ideología "progre". Resulta así todo ese pringoso chalaneo que padres, psicólogos y profesores se traen con los alumnos y que -dulzón, maternal y ñoño- viene a obturarlos como sujetos de aprendizaje: la costumbre de tratarles de tú y por el nombre de pila, la sobreprotección y el paternalismo ("los chavales", dicen), todo conspira para prolongar contra natura el clima afectivo familiar, de modo que el alumno no advierta, ¡por Dios!, que ya no está en casa, como si la vida fuera una tibia burbuja rosa en la que to er mundo é güeno y todos somos maravillosos. Frente a esto, el ya difunto instituto prepsicologista, tan criticado por los progres, tenía pese a todo, con su impersonal trato de usted y su severidad de principio, una preciosa virtud liberadora: la de tratar a sus alumnos como personas responsables, es decir, precisamente como sujetos. Con lo cual, a la vez que los preservaba como sujetos de aprendizaje, los iba haciendo -a andar se aprende andando- realmente responsables y adultos .
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17. Cuatro frías paredes. A veces no hay más que poner del revés las palabras del progre para hallar la verdad. En el instituto donde trabajo tenemos uno que a cualquier hora, aburrida monserga, deja caer lo siguiente: "Porque el instituto no deben ser cuatro frías paredes adonde el alumno va a cursar una serie de asignaturas; debe ser mucho más, debe reflejar la sociedad; debe organizar exposiciones, campañas...". O bien: "debemos procurar que el alumno se encuentre como en su casa". Con lo cual suele en efecto este progre promover la desaparición de los espacios vacíos de las paredes bajo una multitud de cuadros, dibujos, pósters, fotos y carteles colgados con los más diversos pretextos, generalmente coincidiendo con alguna "campaña" en favor de alguna causa políticamente correcta. -Pues sí, señor -hay que contestar a este progre- el alumno tiene derecho a que el instituto sea cuatro frías paredes, tiene derecho a que se le preserve mientras está en él de la barahúnda de incitaciones, del ruido, que cunde afuera. Un poco como en el psicoanálisis se preserva un marco espaciotemporal distanciador, sólo el aislamiento o corte con la realidad permitirá que la distancia simbólica tenga lugar. Sin esa distancia no hay percepción clara posible -ni, por otra parte, libertad-. Por eso la enseñanza es constitutivamente distante, fría.
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18. Escuela activa. La atención que todo aprendizaje requiere como condición viene a ser un cierto estar activamente quieto, un cierto esfuerzo o tensión por mantener una quietud o fijeza, quietud que, como esencial al aprendizaje, ha de acompañar incluso aquellos ingredientes suyos que se traduzcan en movimientos físicos, como los de la mano que línea a línea va trazando un dibujo, regidos siempre por una mirada vigilante, esto es, activamente quieta, tensa sobre lo que uno se trae entre manos, y así discernidora. Como ésa es la verdadera actividad del aprendiente, su verdadera capacidad de acción y decisión, aquello en lo que él se muestra como sujeto, el poder, al que nunca interesa que nadie sea sujeto, tenía que destruirla (lo cual no iba por otra parte a ser impopular, pues todo rebajamiento de dificultades y tensiones, toda promoción de la pasividad halaga a la masa), pero, como todo aquello que, como la actividad, parezca redundar en que cada uno sea sujeto goza automáticamente de prestigio, tenía también que disfrazar esa destrucción de su contrario, de promoción de la actividad, para lo cual nada venía mejor que aprovechar el esencial carácter de quietud que la genuina actividad del aprender tenía para hacerla pasar por pasividad. Se trataba, pues, de pervertir aquella actividad: haciendo como que se la fomenta, destruirla. Para ello el poder ha ideado la creación y promoción de una "escuela activa", en la que los alumnos, en medio de un caótico zipizape, sin tranquilidad ninguna para atender a nada ni controlar sus movimentos ni por tanto discernir nada ni aprender nada, incesantemente alzan la mano, dan su opinión, protestan, discuten, rayan a rotulador un papel, teclean al ordenador, pintan, modelan, copian, brincan. Es decir: se mueven. Pero ese movimiento es ahora el negativo de aquella actividad constitutiva
del aprender: ya no es esfuerzo, sino dejadez, ya no es tensión, sino flojera, pues ya no hay nada que discernir ni nada que no dé igual, pues los presuntamente aprendientes sólo han de dejarse llevar por la espontaneidad mecánica de sus fibras musculares, reflejos, motivaciones, caprichos, gustos, opiniones y prejuicios. Como el de bolas de billar llevadas de aquí para allá, es un movimiento inercial: la perversión de la quietud activa esencial a todo aprendizaje está cumplida, y aquí el poder ha acabado su tarea.
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19. Modelo de Propuesta para una Reunión de Departamento en un Instituto de Enseñanza Secundaria.
CONSIDERANDO que, al ser acreditables los objetivos terminales del primer ciclo en su segundo nivel de concreción como objetivos generales del segundo ciclo en su tercer nivel de concreción, resulta que el tercer nivel de la concreción de los objetivos generales del primer ciclo se considerará primer nivel de concreción de los objetivos terminales del segundo ciclo, con el inconveniente de que en este caso no cabe aplicar el sencillo proceder que tanto éxito tuvo la vez aquélla de "la parte contratante de la primera parte", pues, pese a venir como anillo al dedo a las presentes circunstancias, sería considerado una grave falta de acatamiento al espíritu y la letra de la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (que creo que le llaman), sino que es nuestro deber y salvación encontrar sentido y coherencia en este abracadabrante pandemonium,
Y CONSIDERANDO por otra parte que ello nunca sería factible en un estado medianamente lúcido de conciencia,
PROPONGO que en ninguna Reunión de Departamento se abra la sesión hasta que, bajo el efecto de algún estupefaciente como podría ser verbigracia un canuto que cada uno de nosotros a partir del próximo día podría traer a la sesión, hayamos alcanzado un estado de conciencia suficientemente crepuscular como para encontrar sentido ya sea a los créditos, fijos o variables, de análisis o de síntesis, ya sea a las dos clases de objetivos, ya sea a los tres niveles de concreción o ni que sea, en fin -el dia que las instancias competentes mediante oportuna publicación en el BOE tengan a bien crear esa figura-, a las siete apocatástasis de la albóndiga abollonada.
En............., a... de........ de....
(Firma)