martes, 21 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
DECLARACIÓN DE LAS VÍCTIMAS DEL AUTOMOVILISMO
Declaramos que se consideran incluidos como tales
no sólo quienes hayan sufrido más directamente cualquier atropello de la carretera (aquí no creemos que sean “accidentes”: sabemos que ese destrozo multitudinario de vidas es un producto necesario del tráfico por carretera) o cualquier percance más o menos mortal también en todas esas competiciones que organizan de coches y motos;
o quienes más padezcan
-el horror por los malos humos y por la arritmia que la invasión del automóvil nos hace sufrir en cualquier paseo por las calles y, junto con él,
-el horror del ruido permanente del tráfico, noche y día, que llena muchas veces hasta los mismos dormitorios y habitaciones de las llamadas viviendas (rara vez ya casas) donde solemos andar metidos,
- el horror de verlos a todas horas por todas partes, lo mismo en imagen a todo color que de cuerpo presente;
también quienes se ven “obligados” por la fuerza de cualquier necesidad creada
-a comprarlos,
- a venderlos,
- a fabricarlos,
- a sacarse el permiso de conducir,
- a trabajar en la publicidad del auto (y en la llamada “información”, televisión y prensa de todo tipo, que sirve de escusa, relleno y soporte para los anuncios de coches),
- a colocar los anuncios de la publicidad del auto,
- a reparar sus averías,
- a trabajar en cualquier cosa relacionada con gasolinas, desde grandes petroleros a gasolineras o industrias de derivados (plásticos, gases, etc) o incluso guerras por el oro negro,
- a trabajar en cualquier cosa relacionada con carreteras, desde los puestos de peaje y las obras de mantenimiento y costrucción de más “autovías” o como se llamen, a los puticlús de carretera pasando por todo eso que llaman zonas de servicio, y enormes aparcamientos, supermercados, discotecas y negocios de esos que tienen las carreteras a los lados,
- a trabajar de guardias de tráfico (agentes de movilidad los llaman) o funcionarios del tráfico encargados de las multas y de otras mil burocracias del tráfico y sus permisos,
- a trabajar como bomberos y personal de ambulancias vario que atienden los costantes “accidentes”,
- a trabajar en los penosos trasportes por carretera, especialmente de camioneros, pero también con autobuses y autocares,
- a trabajar para mantener un auto propio o más de uno, conducirlo, aparcarlo, limpiarlo y pagar todos los costantes gastos que tiene la criatura,
- a sufrir los viajes en el auto familiar, sean de vacaciones o de trabajo, las conversaciones a todas horas sobre autos, sobre multas, y muchas más penalidades que no caben en una hoja;
y quienes padecen o han padecido por causa de
la ruina de los verdaderos medios de trasporte, inutilizados por la mala idea de vender coches a todo cristo. Los que han visto como se echaba a perder el uso del ferrocarril y del tranvía delante de sus ojos sin que nada pudiera impedirlo, dados los tremendos intereses que sostienen el negocio del Automóvil y la Carretera contra toda razón y contra cualquier sentido común que pudieran aplicarse a resolver el asunto del trasporte de mercancías y viajeros, por la locura que aquí denunciamos: la imposición del Automovilismo.
Todo esto en lo que se refiere a víctimas más o menos humanas, pero no podemos olvidar a otros que vienen siendo víctimas de lo mismo: ciudades, pueblos, campos, animales, mil cosas.
miércoles, 1 de febrero de 2012
¿PARA AHORRAR?
Se preguntaban los de la Asamblea Popular del Barrio de la Concepción en un panfleto que me repartieron en la Puerta del sol y nos preguntaban a los lectores si eran para ahorrar las estrañas medidas oficiales que en el mismo escrito detallaban: ahorro de gastos (de personal, sobre todo, pero también de otros recursos) en lo público, en eso que llaman servicios que para el público en general resultaban más baratos, gasto desmedido en lo privado, en esos mismos servicios puestos al alcance no más que de gente pudiente o adinerada. Lo que más les estrañaba, creo, es lo de la privatización, en marcha, del Canal de Isabel II, una empresa pública que da, según cuentan, pingües beneficios a “las arcas del estado” (¿dónde estarán esas arcas?), “que irán a parar a bolsillos privados, junto con el enorme patrimonio del Canal”.
Y es curioso que no hayan caído en cómo la gestión de esta última empresa, que venía siendo pública, se ha llevado de modo que arroje esos beneficios: por ahí tal vez podría entenderse algo. Me recuerda al caso de la Renfe o como se llame ahora, en la que ninguno de estos protestantes o indignados parece haberse fijado hasta ahora, cosa que me resulta también curiosa y sospechosa a la vez. ¿Es pública o privada la gestión de la red ferroviaria? Muy pocos reconocen saberlo, y yo a estas alturas, tampoco sé contestar. Pues tal como la susodicha Renfe, esa empresa del Canal viene ostensiblemente moviendo una gran cantidad de dinero en la Cultura, es decir, en la Publicidad de la Cultura, y yo supongo, en mi ignorancia, que eso debe de ser lo que la hace rentable. De cómo la gestión de la dicha Renfe nos ha venido escamoteando desde hace muchos años el tren con ese costante cierre de líneas regulares, con esos precios prohibitivos para la mayoría, y con esa dedicación en esclusiva al desarrollo de la alta velocidad entre grandes núcleos urbanos, a consolidar los cuales también se dedica con sus redes de cercanías, dejando abandonado el resto de las poblaciones, de eso ni se oye hablar ni se lee nada. Y eso es preocupante, porque la política de trasportes, es decir, el negocio del Automóvil y la carretera, es uno de los desastres más sangrantes que sufrimos, y no lo digo sólo por los muertos y heridos que produce. Los gastos y beneficios de esta siniestra empresa, no sabemos si pública o privada, parecen guardarse más en secreto que los del Canal.
Pero a lo que iba: ya que preguntan si es para ahorrar y medio responden que no, que “la crisis es una escusa para la privatización de los servicios públicos” (y perdonen que me niegue a escribir “excusa”, para no dar pretesto a nadie para pronunciar cosas como ekst o eksk, que no se dan en esta lengua: una lengua que es hablada, oral, como todas, y no como mande la escritura sino como la gente ha decidido hablarla en esa asamblea subcoscientemente reunida donde puede encontrarse al pueblo; una cosa eso de la lengua que las reglas de ortografía no hacen más que estropear y traicionar porque los señores académicos no la entienden) tendrán pués, digo, que preguntarse mejor a qué vienen esos movimientos o cambio de manos o bolsillos a los que alude el término Privatización.
Desde luego, es un término engañoso por anticuado: como creo que puede verse claro con el caso de la Renfe y más aún con el del metro, hoy llamado Metro de Madrid, otra empresa siniestra a más no poder de la que están muy orgullosos los políticos, no se trata seguramente de eso, en primer lugar porque la noción de Servicio Público hace mucho que ha desaparecido en este régimen (aquello de mantener con los impuestos unos servicios que tenían que hacer un gasto sin mirar a los beneficios sino a la utilidad pública): aquí no hay más que empresa, sea nacional o internacional ¿eh?, los ejecutivos de la administración no se distinguen en nada de los ejecutivos de la empresa, y no hay público tampoco hace ya muchos años, y si la gente tuviera abiertos los oídos ya se habría dado cuenta. O los ojos: una empresa o un servicio públicos no tiene, no tendría que tener, ningún gasto en publicidad. ¿Se han enterado de cuáles son los gastos en publicidad de todo eso de ¡Madrid! o La suma de todos (los fieles)? Hace poco publicaban los huelguistas del Metro unas cifras de lo que se gasta en eso el tal Metro de Madrid, que deben de ser representativas, aunque no hacen falta cifras para saber esto, que no hay más que ver lo que hay por los andenes y pasillos: un puro soporte publicitario es ya el metro, para disfrutar del cual hay que pagar una entrada que vale el doble que los antiguos billetes. Otro tanto puede decirse de Correos: llenan los buzones grandes desplegables a todo color de publicidad de la empresaza, ya célebre también por el número de despidos. ¿Quieren curro? Pues a colocar anuncios y hasta pegatinas que cubran una estación, como la de... Y si no, ya saben: de segurata o poli o puta o acompañante de ejecutivo, cada vez hay más demanda. De estos horrores estamos llenos –ay!
Como decía: no hay público: no se habla para nada de cosas útiles ni razonables pedidas por el público, se habla de número de “usuarios” a troche moche y sobre todo de “futuros usuarios”, porque para los de Arriba, los ejecutivos servidores del Amo, o sea del Dinero, no hay otra gente que no sean súbditos del estado y clientes del capital (que es siempre el del futuro), proporcionadores de cifras para la estadística, un producto como cualquier otro, una mercancía, que es como nos tratan y es por tanto, mientras no se entienda y se les contradiga, eso en lo que nos han convertido: una masa de individuos que son sus poblaciones, y eso quiere decir dinero y futuros o muertos, no gente viviente que siente y entiende. Y eso no es público, señores, son, probablemente, cuentas de publicidad para unas empresas, eso les asegura de que existen: fíjense en cómo la atención al público se la han cambiado por “atención al cliente”. La función del Estado es la Administración de Muerte, sólo que ellos la llaman Futuro.
Privatización, sí, lo primero de la gente, del público, trasformado en una suma de intereses particulares (eso es la famosa Suma de todos) que, como no puede estar hecha nunca, porque de verdad no hay todos, no es más que una mayoría. Que luego la mayoría con la que cuentan empiece a ser un poco menos mayoritaria no les importa mucho a los políticos: en el régimen democrático la mayoría es la que vota y elige por mayoría, la mayoría son los creyentes (que nunca van a poder ser todos, como bien saben) y ésos se hacen pasar por todos, y ésos han elegido a un gobierno para que resuelva eso de la economía y ellos toman sus medidas.
Son arcaicas, es verdad, esas medidas o remedios, ilusorias: son, como decía un artículo que se coló en el País del domingo 29 de enero:
”Sin cifras, el mero sentido común descubre que estas medidas o remedios que les sacan hoy los dirigentes son los mismos que se recordaban como propios del antiguo régimen: restringir gastos, apretarse, como decían, el cinturón, y hasta ahorrar, remedios ridículamente impropios para el régimen actual, que se mueve por una circulación dineraria sumamente alejada de las cosas palpables y por el despilfarro y producción de objetos no pedidos ni dirigidos a más consumo que su compra. De manera que, si algo de humor le dejaran vivo a la gente, se reiría de esas medidas y remedios como de una cataplasma aplicada a un cáncer.”
Y por otro lado, la economía sigue por sus pasos de promover y subvencionar lo que más dinero mueve (todo aquello que produce publicidad para la venta), que si no se mueve perece el dinero, y eso no puede ser más que alejado cada vez más, como dice ahí, de las cosas palpables o útiles. Se está viendo cada vez más claro: el dinero no sirve para que la gente viva o se las apañe, sirve para lo que sirve, para que haya estados o empresas con su economía y su industria de la información o entretenimiento de las poblaciones, que es seguramente la principal industria del Régimen del Dinero.
¿Hay que sacar alguna conclusión? Si la gente añora unos servicios públicos y aún conserva un criterio de utilidad, tendrá que irse dando cuenta de que no pueden sacarlos de donde no los hay: ni una empresa ni un gobierno de un país tienen intereses que coincidan lo más mínimo con los deseos de la gente, que ellos ni imaginan que la hay. Bajo el régimen la gente o aprende a acomodar sus deseos a lo que esos intereses le quieran vender, o si no quiere perecer, se desentiende, se busca la vida por otros lados y deja que se hunda él solito el tinglado de Banca-Gobierno-Supermercado-Vivienda-Automóvil o moto para el chico-Pareja para todos. Mientras, puede ir descubriendo las mentiras que le cuentan y perdiendo la fe. Tal vez sin fronteras, sin estado ni capital... se podría ¿no? vivir sobre la tierra. ¿O es que la gente se traga eso de “una unidad de destino en lo universal” que es como definían antaño eso de España, pero que vale lo mismo para Francia o Portugal o Venezuela? Porque si se cree eso y se trata de que se salve España o el Perú, pues nada: esta fatalidad, siempre lo mismo, pero peor cada vez.
sábado, 28 de enero de 2012
LA VOZ DE LA REBELIÓN A ver si se puede oír esto:
Por la razón y el sentido común podemos decirle que no a este régimen que padecemos, a todos esos planes de economía futurista que nos invaden desde lo alto, desde donde Estado y Capital (que son lo mismo en todas partes) mandan y nos mandan encima que estemos informados y preocupados, como si nos fuera la vida en lo mismo que les va a Ellos: en el futuro de su dinero, de su euro o de su dólar o de su yen o como se llame, en el futuro de las ventas demenciales de sus averiados productos, de esos que están llenando de basura los sitios donde se podría –¡quién sabe!- vivir.
Podemos porque se puede decirle que no, simplemente que no, sin necesidad de proponer nada a cambio (ya la gente sabe por lo bajo cómo apañarse sin Ellos o puede irlo sabiendo a medida que tenga que hacerlo): sólo hay que perder un poco el miedo personal y dejarse decirlo, porque ya está bien de que nos traten como a idiotas acojonados, que tiemblan por su futuro, que no piensan más que en la seguridad (¡ja!) que puede darles una cuenta corriente, en tener para pagar y seguir comprando chismes inútiles a costa de venderse y matarse por un puesto de trabajo de los que ellos promocionan y crean y nos obligan a tener o no tener, como a idiotas que están llenos de eso que tanto nos animan también a tener: sueños e ilusiones personales (ejem!), y que, por tanto, no se enteran de nada de lo que les están haciendo. Todos los días, por todos los medios, tratan de demostrarnos que eso es lo que somos: unos auténticos individuos (Ellos dicen “personas”, que es una cosa muy santa), y que no hay más en la gente que eso.
La penuria de cada día, la miseria que vemos dentro y fuera, hay que verla –nos dicen– como si fueran el bienestar y la riqueza mismos por el miedo a perderlas, a quedarse sin ello. No hay más que ver esos lamentos que se promocionan por ahí, que hacen a tantos salir indignamente a reclamar más empleo, más educación, más sanidad pública a las calles, olvidados de que tal vez no hace mucho, antes de que les informaran sobre recortes y demás amenazas futuras, ellos mismos podían haber estado echando pestes de todo eso que llaman empleo, educación o sanidad, lo mismo públicos que privados. Es lo que está mandado pensar: que hay que dar gracias al señor y seguir así, progresando en lo mismo, porque, si no, podríamos volver a las cavernas. Pero qué pasa si en vez de engañarnos tanto perdemos de verdad ese miedo a quedarnos sin lo que ellos nos venden, que, bien mirado, no puede ser nada de verdad bueno ni deseable para nadie. Todo el mundo sabe que son sustitutos. Sirven para llenar unas vidas contabilizadas previamente, que consisten en un tiempo vacío en que temer o esperar un futuro y otro futuro, que eso no merece llamarse ni vida, que es una existencia astracta y sosa a más no poder. El dinero acaba con las cosas.
Para perder ese miedo, no hace falta más que dejarse pensar y decirlo el alivio y el ahorro que sería para todo el mundo no tener que seguir contribuyendo a sostener tanta insensatez, que no haya papeles que hacer a todas horas, que no haya que ir a ningún sitio por obligación, ni trabajo ni vacaciones ni semana laboral que engorden los bancos, que no haya oficinas ni bancos ni ministerios ni más ventas de automóviles y demás inutilidades. ¡Eso sí que sería economía de la buena, sin estados ni fronteras, la de la gente viviendo en la tierra, libre de todos esos estorbos de Estado, Trabajo, Dinero, Familia, libres del Hombre y su Historia! ¿No sentís cómo tiemblan los padres de la patria eterna, los ejecutivos creyentes en el Futuro? Quien diga que no se puede será que tiene algún interés en mentir, porque poderse, claro que se puede, que nada de verdad lo impide.
Sólo que a la gente le han dicho que algún gobierno de lo alto, algún orden tiene que haber hecho de leyes y policías, porque si no, el caos, la ley de la selva y el comerse los unos a los otros. Pero no puede ser tan tonta la gente para creerse eso ni dejar que nadie se lo crea ¿no?, porque eso nunca se ha visto más que en fantasías o películas: el único caos y la única jungla que conocemos son éstos que han producido la administración de los estados al servicio del Dinero con toda la violencia impuesta, los tenemos delante cada día sus horrores, sólo con fijarnos en el tráfico mismo. El miedo a los fantasmas de lo que podría pasar si no nos defendieran las leyes y sus fuerzas armadas de esos fantasmas que ellos mismos fabrican para asustarnos, sólo ese miedo vano, esa fe en que así estamos seguros contra los fantasmas de guerras y hambrunas que salen en la televisión, parece ser más que nada lo que permite que la pesadilla real continúe.
Pero no puede hacerse creer por siempre a la gente que el terror en que “vivimos” es normal. Como decíamos al principio, aparte del miedo personal que nos han metido, vive entre la gente la razón y el sentido común que pueden decirle que no a toda esta organización del Dinero, sin miedo ninguno, porque es horrible y mentirosa, y caiga quien caiga. Algún día habrá que despertar y decirlo ¿no?: pues que sea ahora. ¡Abajo la mentira!
¿O es que no se piensa que a lo mejor las mujeres y sus hombres, libres del dinero, podrían vivir y dejar vivir? Porque lo que es con Él...
Otro día seguiremos razonando, que ya se sabe que no se derriba el régimen de un soplo, pero mientras tanto cabe por acá abajo corroer la fe en las mentiras que lo sostienen y dejarlo que se hunda.
¡Salud y a ello!
Podemos porque se puede decirle que no, simplemente que no, sin necesidad de proponer nada a cambio (ya la gente sabe por lo bajo cómo apañarse sin Ellos o puede irlo sabiendo a medida que tenga que hacerlo): sólo hay que perder un poco el miedo personal y dejarse decirlo, porque ya está bien de que nos traten como a idiotas acojonados, que tiemblan por su futuro, que no piensan más que en la seguridad (¡ja!) que puede darles una cuenta corriente, en tener para pagar y seguir comprando chismes inútiles a costa de venderse y matarse por un puesto de trabajo de los que ellos promocionan y crean y nos obligan a tener o no tener, como a idiotas que están llenos de eso que tanto nos animan también a tener: sueños e ilusiones personales (ejem!), y que, por tanto, no se enteran de nada de lo que les están haciendo. Todos los días, por todos los medios, tratan de demostrarnos que eso es lo que somos: unos auténticos individuos (Ellos dicen “personas”, que es una cosa muy santa), y que no hay más en la gente que eso.
La penuria de cada día, la miseria que vemos dentro y fuera, hay que verla –nos dicen– como si fueran el bienestar y la riqueza mismos por el miedo a perderlas, a quedarse sin ello. No hay más que ver esos lamentos que se promocionan por ahí, que hacen a tantos salir indignamente a reclamar más empleo, más educación, más sanidad pública a las calles, olvidados de que tal vez no hace mucho, antes de que les informaran sobre recortes y demás amenazas futuras, ellos mismos podían haber estado echando pestes de todo eso que llaman empleo, educación o sanidad, lo mismo públicos que privados. Es lo que está mandado pensar: que hay que dar gracias al señor y seguir así, progresando en lo mismo, porque, si no, podríamos volver a las cavernas. Pero qué pasa si en vez de engañarnos tanto perdemos de verdad ese miedo a quedarnos sin lo que ellos nos venden, que, bien mirado, no puede ser nada de verdad bueno ni deseable para nadie. Todo el mundo sabe que son sustitutos. Sirven para llenar unas vidas contabilizadas previamente, que consisten en un tiempo vacío en que temer o esperar un futuro y otro futuro, que eso no merece llamarse ni vida, que es una existencia astracta y sosa a más no poder. El dinero acaba con las cosas.
Para perder ese miedo, no hace falta más que dejarse pensar y decirlo el alivio y el ahorro que sería para todo el mundo no tener que seguir contribuyendo a sostener tanta insensatez, que no haya papeles que hacer a todas horas, que no haya que ir a ningún sitio por obligación, ni trabajo ni vacaciones ni semana laboral que engorden los bancos, que no haya oficinas ni bancos ni ministerios ni más ventas de automóviles y demás inutilidades. ¡Eso sí que sería economía de la buena, sin estados ni fronteras, la de la gente viviendo en la tierra, libre de todos esos estorbos de Estado, Trabajo, Dinero, Familia, libres del Hombre y su Historia! ¿No sentís cómo tiemblan los padres de la patria eterna, los ejecutivos creyentes en el Futuro? Quien diga que no se puede será que tiene algún interés en mentir, porque poderse, claro que se puede, que nada de verdad lo impide.
Sólo que a la gente le han dicho que algún gobierno de lo alto, algún orden tiene que haber hecho de leyes y policías, porque si no, el caos, la ley de la selva y el comerse los unos a los otros. Pero no puede ser tan tonta la gente para creerse eso ni dejar que nadie se lo crea ¿no?, porque eso nunca se ha visto más que en fantasías o películas: el único caos y la única jungla que conocemos son éstos que han producido la administración de los estados al servicio del Dinero con toda la violencia impuesta, los tenemos delante cada día sus horrores, sólo con fijarnos en el tráfico mismo. El miedo a los fantasmas de lo que podría pasar si no nos defendieran las leyes y sus fuerzas armadas de esos fantasmas que ellos mismos fabrican para asustarnos, sólo ese miedo vano, esa fe en que así estamos seguros contra los fantasmas de guerras y hambrunas que salen en la televisión, parece ser más que nada lo que permite que la pesadilla real continúe.
Pero no puede hacerse creer por siempre a la gente que el terror en que “vivimos” es normal. Como decíamos al principio, aparte del miedo personal que nos han metido, vive entre la gente la razón y el sentido común que pueden decirle que no a toda esta organización del Dinero, sin miedo ninguno, porque es horrible y mentirosa, y caiga quien caiga. Algún día habrá que despertar y decirlo ¿no?: pues que sea ahora. ¡Abajo la mentira!
¿O es que no se piensa que a lo mejor las mujeres y sus hombres, libres del dinero, podrían vivir y dejar vivir? Porque lo que es con Él...
Otro día seguiremos razonando, que ya se sabe que no se derriba el régimen de un soplo, pero mientras tanto cabe por acá abajo corroer la fe en las mentiras que lo sostienen y dejarlo que se hunda.
¡Salud y a ello!
martes, 17 de enero de 2012
Madrid, 8 y media de la mañana
EL AIRE APESTA A COCHES
¿Qué podemos hacer más que denunciar al Automóvil, atacarlo como lo que es, no un medio de trasporte sino una idea vana que está apestando la tierra? Lo tenemos delante todos los días, año tras año en mayor cantidad, pero no podemos tomárnoslo como quieren que nos lo tomemos, como si fuera la naturaleza misma ¿no? Tampoco es ningún beneficio del progreso, no es un istrumento útil al que no se pueda renunciar, ni un mal necesario que tenga su arreglo en ningún futuro, con unas cuantas obras más o unas cuantas campañas educativas más o menos ecologistas. Como sabe todo el mundo (da igual que no quieran reconocerlo o no puedan), es claramente un atraso, un retroceso teniendo en cuenta que antes de él se había ya dado con buenas soluciones al asunto del trasporte, en los tiempos del progreso de los bisabuelos, inventos que estaban a la mano y no había más que desarrollar, mil veces más potentes y eficaces. Pero no: han tenido que cargarse los trenes y los tranvías para imponernos el trasto, el auto personal, y con él la fatigosa tropa de camionazos, autobuses, autocares o como los llamen, y, de remate, carreras de coches y motos como espectáculo favorito. Es, ni más ni menos, una imposición del régimen del Estado y del Capital, que necesita eso para seguir desarrollando su plan ideal para todo el globo, y es por tanto una necesidad del súbdito ideal de este régimen, el que se cuenta por millones. Lo han impuesto y aquí está esta peste en el aire, este constante peligro de muerte al ir a cualquier lado, la arritmia insoportable del tráfico y de los semáforos, este horror de que los autos hayan invadido casi del todo el espacio público, los sitios donde podía –quién sabe– vivir la gente, y de que los campos sean ya desiertos atravesados por carreteras, sin caminos, sin caminantes. Poco más de un siglo lleva en el mundo y ha trasformado la haz de la tierra.
Los indios pata-de-goma,
vistiendo chapa de acero,
por caminos de betún
ruedan rápidos y serios. ¡Atrás, a contratiempo!
No puede esperarse que ningún grupo más o menos progre de los que tanto abundan entre demócratas (ni más o menos carca tampoco) se ocupe siquiera de esta cuestión, porque, formados como están por una mayoría de beatos informados por la industria de la información (¡tan bien que la describieron Horkheimer y Adorno en su inolvidable escrito!), no son capaces de decir lo que las narices huelen, los oídos oyen y los ojos ven: para ellos el Automóvil es tan inamovible, hasta tal punto forma ya parte de su mundo, que sólo pueden considerar una y otra vez medidas de mejora del invento, igual que los políticos con los que compiten en insulsez, no vayan a darse cuenta como aquí hacemos de que se trata de algo que sobra en el mundo, que sólo sin él “otro mundo es posible”.
¡Y cada vez somos más automóviles!
En el automóvil se ve como en ningún otro sitio la estupidez a que conduce la idea de la propiedad privada (eso de “lo mío” que resulta de confundirme a mí con el nombre propio del DNI): ahí los tenéis, yendo todos más o menos al mismo sitio pero cada cual con un vehículo de su propiedad (o la del banco). Les han vendido eso, la idea de que el automóvil es una de esas cosas que los ingleses llaman commodities, y al señor, es decir a cada uno de los que creen en sí mismos o quieren creer y que se crea en él, le gusta mucho su coche, la potencia o la importancia que le da el lanzarse por las calles y carreteras sentado en su sillón como en un trono, ocupando como veinte cuerpos, aunque tenga que ser a paso de tortuga, siendo tantos miles los que (¡qué casualidad!) tienen esactamente el mismo gusto y opinión que él: “a mí el coche que no me lo toquen”. “¿Y para qué quieres tú tener un coche?” le preguntaba una vez a un pobre chico que andaba en ésas de quererlo: “Para ser alguien.” respondió. Da igual que, al cabo de los años, algún automovilista que otro tenga que reconocer que está harto, que le han colocado un latazo inmortal y que no puede más, o que los muertos y maltrechos de la carretera (¿quién no cuenta varios conocidos?) sigan ahí fijos y previstos en las estadísticas, para mayor negocio de los espertos en la seguridad y los seguros, de los fabricantes de sillas de ruedas y de los servicios de ambulancias y funerarias.
Pues no hay problema menos debatido, más disimulado con zarandajas: eso es tabú. Tal vez los únicos que por acá intentan llamar la atención sobre él y maldicen de la invasión del auto en Madrid sean esos de la bici-crítica, a su manera, juntándose por miles el último jueves de cada mes “a tapar la calle” con bicicletas. Poco más asoma a la luz pública, a pesar de lo mucho que algunos han hecho por decirlo y escribirlo bien claro. Indagar por ahí es peligroso: adónde iríamos a parar si se cuestiona la necesidad del Auto Personal y de seguir vendiendo autos; por ahí podíamos incluso poner en duda el beneficio indudable de tener un puesto de trabajo al que acudir en el auto de uno; o, puestos a pensar, pensar que el renombrado problema del paro (o de la economía en crisis) es otra imposición del régimen del que hablamos (el que tenemos encima), un fantasma emanado de esos medios de formación de masas, la prensa y la televisión, que la publicidad del auto financia y sostiene y que sostienen el mundo del auto. ¡Cuántas mentiras saldrían al la luz! Podríamos llegar a recordar incluso que las máquinas podían ser útiles para ahorrar a la gente trabajos y complicaciones, o que no hace ninguna falta una organización estatal, ninguna banca siquiera para eso de ir viviendo. ¡Hasta el dinero podríamos llegar a decir que no es necesario!, porque, claro: ¿para qué sirven el dinero y los puestos en que se gana si no es para mantener un auto o dos o tres, los que a la familia le hagan falta? La Familia misma, la Democracia, la Civilización, el Porvenir, quedarían sin disculpa alguna sin él, sin el rey de la Creación, sin la fe en el Automóvil. Y la Persona: para ser alguien, una persona real y no cualquiera, es menester en esta tribu tener un carro como el rey Agamenón: ésa es la idea (aunque tenga que ser uno mismo su propio chófer, por eso de que “estamos en democracia”).
Pues sí: en el Automóvil se reconoce al Individuo, fabricado en serie, cada uno con su número, por el poder del dinero, que falsifica la vida de la gente convirtiéndola en esa cosa individual y astracta de la que trata la estadística, con la que cuentan desde lo Alto los Estados del Capital para su planificación, para la conversión de las cosas en dinero: existencia de uno, que es, por una cara, él y nada más que él y, por la otra cara, lo mismo que todos los demás en cualquier conjunto o población en que se cuente, uno de ellos, una contradicción con la que no hay quien viva: el individuo tiene sus funciones previstas en el régimen, es esa istitución bajo la cual la vida se me convierte en mi futuro, en la sombra de mi muerte (tal como está prevista en la estadística), las posibilidades de andar por ahí se convierten en: necesito un coche.
No: no se puede honradamente reconocer esto del individuo, como tampoco al automóvil, como si fuera “la naturaleza misma”, algo inocente en sí. Fatalidad fabricada es lo que es esta condena a vivir como individuos entre millones de automóviles, como automóviles entre millones de ellos, que no es vivir. ¿Qué es “una unidad” más que una falsificación creada por la Contabilidad y la matemática a su servicio, un ideal que esta administración nos impone, esto que sufrimos aquí abajo, contra lo que nos levantamos porque reduce las cosas a dinero, a nada? No hay modo de atacar la propiedad privada sin atacar al propietario, al individuo con su auto o al auto con su individuo: la imposición del ideal. A estas alturas de la locura, no es muy difícil darse cuenta de que son los automóviles los verdaderos habitantes de las urbes y los componentes de las poblaciones de los estados, que a los hombrecillos de carne y hueso los destinan a ser una de las piezas del auto (el verdadero individuo), encargadas sólo de algunas funciones a su servicio, y son los autos mismos los que eligen a sus gobiernos en las votaciones (esos gobiernos de Coches Oficiales), los que van a comprar, los que van a trabajar, los que van de vacaciones y los que celebran las fiestas del calendario y los triunfos deportivos. Ecce homo. Y en cuanto a su señora…
Ya decía Teresa Panza
“…me tengo de ir a esa Corte, y echar un coche como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.
Y ¡cómo, madre! –dijo Sanchica; ¡pluguiese a Dios que fuese antes hoy que mañana! aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y ¡cómo va sentada y tendida en el coche como si fuera una papesa! Pero pisen ellos los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo! y ándeme yo caliente, y ríase la gente. ¿Digo bien, madre mía?
-Y cómo que dices bien, hija! respondió Teresa; y todas esas aventuras y aun mayores me las tiene profetizadas mi buen Sancho; y verás tú, hija, cómo no pára hasta hacerme condesa; que todo es comenzar a ser venturosa…”
Sería hermosa una revuelta contra el Automóvil, descubrir que aún quedaba algo en nosotros que no era individual, que no era una pieza del Auto y su reino, que no se parecía tampoco a su Señora ni a su Hija, y que por tanto sentía y entendía el error y el horror que nos han metido. ¡El dinero que mueve la propaganda para hacernos creer que “ha salido un auto nuevo”!¡Tantas guerras mortíferas, además, alrededor de los pozos del oro negro, para que sigan circulando en esta paz aterradora, ruidosa y pestilente!
¿Hace falta recordar todo esto?
No puede la razón, el corazón, dejarse apabullar por muy imponentes que sean los números, las cifras de la barbarie. En medio del terror apenas recubierto en que vivimos se alimenta de deseos y del recuerdo de todo lo prohibido.
Sabemos que en algunos sitios alguna gente que andaba por ahí suelta, sin caparazón de lata, se ponía en la desesperación a quemar autos (siempre pocos, siempre se echaba de menos que ardieran también gasolineras, autoescuelas, cartelones de propaganda, concesionarios de ésos y fábricas de coches o autobuses al grito de ¡Muera el automóvil!) y era de ver la indignación de los autos, cómo se espresaban por todos los medios llamándolos vándalos y cosas peores, ante el regocijo de lo que nos queda de vivo. Si pudiéramos hacer una gran pira con unos cientos de ellos, tal vez sería poco también, pero qué menos para hacer oír este hartazgo de su presencia, este ¡no al automóvil! que no puede menos de clamar: ¡que no se fabriquen ni se vendan más! ¡al carajo la economía! ¡muera el Ser, el Estado y el Capital!
Con pira o sin ella, por el mero fuego de la razón, ¡que muera esa idea funesta! Que es que algunos ya no aguantamos más este régimen de la administración de muerte a toda velocidad y nos da muy poquito miedo que se hunda. ¿Qué pasa?
¡Ah, que usted es usted y sí lo aguanta todavía unos años?
Usted sabrá sus cuentas y lo que le compensa cada día mientras sigue engordando el Parque Móvil con su Policía.
¿Que le da demasiado miedo que se hunda?
Será que no ha pensado mucho en qué consiste ¿no?
¿Que es que incluso sabe de buena tinta que éste es un régimen ya para siempre, o que siempre ha sido así, como nos han contado? ¿Que no pueden con la chapa y las ruedas de los automóviles hacerse ya otras cosas?
Permíta que la gente se ría de ese saber suyo y que le llame por su nombre: es una fe. Será que lo que pasa es que tiene usted mucha fe en la autoridad, fe en Dios (o en el Futuro o en el Hombre o como usted lo llame) y muy poquita confianza en lo de abajo, en la gente y en las cosas amables que con esa fe está usted condenando a servir a Dios por muchos años mientras usted se dedica a disfrutar del amor de lo suyo (de su auto) en el reino del dinero. Si es así, pues nada: ¡feliz atasco! y ¡no olvide hacer deporte!
¿Qué podemos hacer más que denunciar al Automóvil, atacarlo como lo que es, no un medio de trasporte sino una idea vana que está apestando la tierra? Lo tenemos delante todos los días, año tras año en mayor cantidad, pero no podemos tomárnoslo como quieren que nos lo tomemos, como si fuera la naturaleza misma ¿no? Tampoco es ningún beneficio del progreso, no es un istrumento útil al que no se pueda renunciar, ni un mal necesario que tenga su arreglo en ningún futuro, con unas cuantas obras más o unas cuantas campañas educativas más o menos ecologistas. Como sabe todo el mundo (da igual que no quieran reconocerlo o no puedan), es claramente un atraso, un retroceso teniendo en cuenta que antes de él se había ya dado con buenas soluciones al asunto del trasporte, en los tiempos del progreso de los bisabuelos, inventos que estaban a la mano y no había más que desarrollar, mil veces más potentes y eficaces. Pero no: han tenido que cargarse los trenes y los tranvías para imponernos el trasto, el auto personal, y con él la fatigosa tropa de camionazos, autobuses, autocares o como los llamen, y, de remate, carreras de coches y motos como espectáculo favorito. Es, ni más ni menos, una imposición del régimen del Estado y del Capital, que necesita eso para seguir desarrollando su plan ideal para todo el globo, y es por tanto una necesidad del súbdito ideal de este régimen, el que se cuenta por millones. Lo han impuesto y aquí está esta peste en el aire, este constante peligro de muerte al ir a cualquier lado, la arritmia insoportable del tráfico y de los semáforos, este horror de que los autos hayan invadido casi del todo el espacio público, los sitios donde podía –quién sabe– vivir la gente, y de que los campos sean ya desiertos atravesados por carreteras, sin caminos, sin caminantes. Poco más de un siglo lleva en el mundo y ha trasformado la haz de la tierra.
Los indios pata-de-goma,
vistiendo chapa de acero,
por caminos de betún
ruedan rápidos y serios. ¡Atrás, a contratiempo!
No puede esperarse que ningún grupo más o menos progre de los que tanto abundan entre demócratas (ni más o menos carca tampoco) se ocupe siquiera de esta cuestión, porque, formados como están por una mayoría de beatos informados por la industria de la información (¡tan bien que la describieron Horkheimer y Adorno en su inolvidable escrito!), no son capaces de decir lo que las narices huelen, los oídos oyen y los ojos ven: para ellos el Automóvil es tan inamovible, hasta tal punto forma ya parte de su mundo, que sólo pueden considerar una y otra vez medidas de mejora del invento, igual que los políticos con los que compiten en insulsez, no vayan a darse cuenta como aquí hacemos de que se trata de algo que sobra en el mundo, que sólo sin él “otro mundo es posible”.
¡Y cada vez somos más automóviles!
En el automóvil se ve como en ningún otro sitio la estupidez a que conduce la idea de la propiedad privada (eso de “lo mío” que resulta de confundirme a mí con el nombre propio del DNI): ahí los tenéis, yendo todos más o menos al mismo sitio pero cada cual con un vehículo de su propiedad (o la del banco). Les han vendido eso, la idea de que el automóvil es una de esas cosas que los ingleses llaman commodities, y al señor, es decir a cada uno de los que creen en sí mismos o quieren creer y que se crea en él, le gusta mucho su coche, la potencia o la importancia que le da el lanzarse por las calles y carreteras sentado en su sillón como en un trono, ocupando como veinte cuerpos, aunque tenga que ser a paso de tortuga, siendo tantos miles los que (¡qué casualidad!) tienen esactamente el mismo gusto y opinión que él: “a mí el coche que no me lo toquen”. “¿Y para qué quieres tú tener un coche?” le preguntaba una vez a un pobre chico que andaba en ésas de quererlo: “Para ser alguien.” respondió. Da igual que, al cabo de los años, algún automovilista que otro tenga que reconocer que está harto, que le han colocado un latazo inmortal y que no puede más, o que los muertos y maltrechos de la carretera (¿quién no cuenta varios conocidos?) sigan ahí fijos y previstos en las estadísticas, para mayor negocio de los espertos en la seguridad y los seguros, de los fabricantes de sillas de ruedas y de los servicios de ambulancias y funerarias.
Pues no hay problema menos debatido, más disimulado con zarandajas: eso es tabú. Tal vez los únicos que por acá intentan llamar la atención sobre él y maldicen de la invasión del auto en Madrid sean esos de la bici-crítica, a su manera, juntándose por miles el último jueves de cada mes “a tapar la calle” con bicicletas. Poco más asoma a la luz pública, a pesar de lo mucho que algunos han hecho por decirlo y escribirlo bien claro. Indagar por ahí es peligroso: adónde iríamos a parar si se cuestiona la necesidad del Auto Personal y de seguir vendiendo autos; por ahí podíamos incluso poner en duda el beneficio indudable de tener un puesto de trabajo al que acudir en el auto de uno; o, puestos a pensar, pensar que el renombrado problema del paro (o de la economía en crisis) es otra imposición del régimen del que hablamos (el que tenemos encima), un fantasma emanado de esos medios de formación de masas, la prensa y la televisión, que la publicidad del auto financia y sostiene y que sostienen el mundo del auto. ¡Cuántas mentiras saldrían al la luz! Podríamos llegar a recordar incluso que las máquinas podían ser útiles para ahorrar a la gente trabajos y complicaciones, o que no hace ninguna falta una organización estatal, ninguna banca siquiera para eso de ir viviendo. ¡Hasta el dinero podríamos llegar a decir que no es necesario!, porque, claro: ¿para qué sirven el dinero y los puestos en que se gana si no es para mantener un auto o dos o tres, los que a la familia le hagan falta? La Familia misma, la Democracia, la Civilización, el Porvenir, quedarían sin disculpa alguna sin él, sin el rey de la Creación, sin la fe en el Automóvil. Y la Persona: para ser alguien, una persona real y no cualquiera, es menester en esta tribu tener un carro como el rey Agamenón: ésa es la idea (aunque tenga que ser uno mismo su propio chófer, por eso de que “estamos en democracia”).
Pues sí: en el Automóvil se reconoce al Individuo, fabricado en serie, cada uno con su número, por el poder del dinero, que falsifica la vida de la gente convirtiéndola en esa cosa individual y astracta de la que trata la estadística, con la que cuentan desde lo Alto los Estados del Capital para su planificación, para la conversión de las cosas en dinero: existencia de uno, que es, por una cara, él y nada más que él y, por la otra cara, lo mismo que todos los demás en cualquier conjunto o población en que se cuente, uno de ellos, una contradicción con la que no hay quien viva: el individuo tiene sus funciones previstas en el régimen, es esa istitución bajo la cual la vida se me convierte en mi futuro, en la sombra de mi muerte (tal como está prevista en la estadística), las posibilidades de andar por ahí se convierten en: necesito un coche.
No: no se puede honradamente reconocer esto del individuo, como tampoco al automóvil, como si fuera “la naturaleza misma”, algo inocente en sí. Fatalidad fabricada es lo que es esta condena a vivir como individuos entre millones de automóviles, como automóviles entre millones de ellos, que no es vivir. ¿Qué es “una unidad” más que una falsificación creada por la Contabilidad y la matemática a su servicio, un ideal que esta administración nos impone, esto que sufrimos aquí abajo, contra lo que nos levantamos porque reduce las cosas a dinero, a nada? No hay modo de atacar la propiedad privada sin atacar al propietario, al individuo con su auto o al auto con su individuo: la imposición del ideal. A estas alturas de la locura, no es muy difícil darse cuenta de que son los automóviles los verdaderos habitantes de las urbes y los componentes de las poblaciones de los estados, que a los hombrecillos de carne y hueso los destinan a ser una de las piezas del auto (el verdadero individuo), encargadas sólo de algunas funciones a su servicio, y son los autos mismos los que eligen a sus gobiernos en las votaciones (esos gobiernos de Coches Oficiales), los que van a comprar, los que van a trabajar, los que van de vacaciones y los que celebran las fiestas del calendario y los triunfos deportivos. Ecce homo. Y en cuanto a su señora…
Ya decía Teresa Panza
“…me tengo de ir a esa Corte, y echar un coche como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.
Y ¡cómo, madre! –dijo Sanchica; ¡pluguiese a Dios que fuese antes hoy que mañana! aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y ¡cómo va sentada y tendida en el coche como si fuera una papesa! Pero pisen ellos los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo! y ándeme yo caliente, y ríase la gente. ¿Digo bien, madre mía?
-Y cómo que dices bien, hija! respondió Teresa; y todas esas aventuras y aun mayores me las tiene profetizadas mi buen Sancho; y verás tú, hija, cómo no pára hasta hacerme condesa; que todo es comenzar a ser venturosa…”
Sería hermosa una revuelta contra el Automóvil, descubrir que aún quedaba algo en nosotros que no era individual, que no era una pieza del Auto y su reino, que no se parecía tampoco a su Señora ni a su Hija, y que por tanto sentía y entendía el error y el horror que nos han metido. ¡El dinero que mueve la propaganda para hacernos creer que “ha salido un auto nuevo”!¡Tantas guerras mortíferas, además, alrededor de los pozos del oro negro, para que sigan circulando en esta paz aterradora, ruidosa y pestilente!
¿Hace falta recordar todo esto?
No puede la razón, el corazón, dejarse apabullar por muy imponentes que sean los números, las cifras de la barbarie. En medio del terror apenas recubierto en que vivimos se alimenta de deseos y del recuerdo de todo lo prohibido.
Sabemos que en algunos sitios alguna gente que andaba por ahí suelta, sin caparazón de lata, se ponía en la desesperación a quemar autos (siempre pocos, siempre se echaba de menos que ardieran también gasolineras, autoescuelas, cartelones de propaganda, concesionarios de ésos y fábricas de coches o autobuses al grito de ¡Muera el automóvil!) y era de ver la indignación de los autos, cómo se espresaban por todos los medios llamándolos vándalos y cosas peores, ante el regocijo de lo que nos queda de vivo. Si pudiéramos hacer una gran pira con unos cientos de ellos, tal vez sería poco también, pero qué menos para hacer oír este hartazgo de su presencia, este ¡no al automóvil! que no puede menos de clamar: ¡que no se fabriquen ni se vendan más! ¡al carajo la economía! ¡muera el Ser, el Estado y el Capital!
Con pira o sin ella, por el mero fuego de la razón, ¡que muera esa idea funesta! Que es que algunos ya no aguantamos más este régimen de la administración de muerte a toda velocidad y nos da muy poquito miedo que se hunda. ¿Qué pasa?
¡Ah, que usted es usted y sí lo aguanta todavía unos años?
Usted sabrá sus cuentas y lo que le compensa cada día mientras sigue engordando el Parque Móvil con su Policía.
¿Que le da demasiado miedo que se hunda?
Será que no ha pensado mucho en qué consiste ¿no?
¿Que es que incluso sabe de buena tinta que éste es un régimen ya para siempre, o que siempre ha sido así, como nos han contado? ¿Que no pueden con la chapa y las ruedas de los automóviles hacerse ya otras cosas?
Permíta que la gente se ría de ese saber suyo y que le llame por su nombre: es una fe. Será que lo que pasa es que tiene usted mucha fe en la autoridad, fe en Dios (o en el Futuro o en el Hombre o como usted lo llame) y muy poquita confianza en lo de abajo, en la gente y en las cosas amables que con esa fe está usted condenando a servir a Dios por muchos años mientras usted se dedica a disfrutar del amor de lo suyo (de su auto) en el reino del dinero. Si es así, pues nada: ¡feliz atasco! y ¡no olvide hacer deporte!
miércoles, 8 de junio de 2011
Hablar es hacer algo
¿Qué se puede hacer en una asamblea si se la deja hablar?
Nunca se dirá lo suficiente que hablar también es hacer. Hablar es hacer algo, y no un algo cualquiera, sino precisamente el algo más necesario en la lucha contra el poder, porque el poder se sustenta en la fe, y contra la fe sólo se lucha hablando, pensando, preguntando, discutiendo. El otro día, en una de las múltiples asambleas de Sol, sacó uno esta cuestión de que había que dejar tanta reflexión teórica y pasar a la acción, lo cual no sé exactamente cómo lo unía con los bombardeos de los países más desarrollados sobre otros que lo son menos, supongo que como un caso eximio de acción contra la que poco podían hacer nuestras reflexiones teóricas. Pero es al revés: hay que tener las ideas muy claras, hay que estar muy convencido, para dedicarse a bombardear enemigos a diestro y siniestro, y es a la claridad de esas ideas a la que hay que atacar si se quiere hacer algo contra las acciones que sobre ellas se sustentan. Más en general: las cosas dejan de ser como son cuando nos libramos de la convicción de que sólo pueden ser así y no hay más cáscaras.
Nunca se dirá lo suficiente que hablar también es hacer. Hablar es hacer algo, y no un algo cualquiera, sino precisamente el algo más necesario en la lucha contra el poder, porque el poder se sustenta en la fe, y contra la fe sólo se lucha hablando, pensando, preguntando, discutiendo. El otro día, en una de las múltiples asambleas de Sol, sacó uno esta cuestión de que había que dejar tanta reflexión teórica y pasar a la acción, lo cual no sé exactamente cómo lo unía con los bombardeos de los países más desarrollados sobre otros que lo son menos, supongo que como un caso eximio de acción contra la que poco podían hacer nuestras reflexiones teóricas. Pero es al revés: hay que tener las ideas muy claras, hay que estar muy convencido, para dedicarse a bombardear enemigos a diestro y siniestro, y es a la claridad de esas ideas a la que hay que atacar si se quiere hacer algo contra las acciones que sobre ellas se sustentan. Más en general: las cosas dejan de ser como son cuando nos libramos de la convicción de que sólo pueden ser así y no hay más cáscaras.
jueves, 26 de mayo de 2011
Aires de desengaño
Aires de desengaño están corriendo
agitando la plaza y sus carteles:
¡no tenemos futuro! ¿a qué viene
aburrirse, atontarse trabajando
por eso que decían que tenía
que cumplirse y que se va sintiendo
lo mentira que es, y que es tan falso
igual si está en pasado que en futuro.
Si hay ahora sin fin, si no hay camino
y a cada día con su mal le basta,
¿a qué viene enfadarse y no dejarla
que, libre de futuro, en asambleas,
suene la voz que dice “¡No!” y que canta
“¡Más despreocupación! que el pueblo sabe,
porque no tiene prisa, ir haciendo
caminitos de vida y deshaciendo
los trampantojos que el Señor le arma,
se llamen Democracia de Ultramemia
o la Revolución para Mañana.”
No hay mañana, no; y no creemos
que haya nada que hacer para mañana.
Por eso aquí seguimos, desmintiendo
las verdades del Orden de la Historia
que se hacía robando horas al sueño,
que es hermano de sangre de la vida,
y no dejando despertar al pobre
que clama: “No hay futuro: ¿lo sabíais?”
y “¡que muera el Patrón de la Semana!”
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